Los Voladores y la Fertilidad

Por Dante Montaño Brito

Ometéotl, dios supremo totonaca:

La danza de los voladores de Cuetzalan, Puebla, tiene profundas raíces teológicas. Los hombres pájaro, como también se le llama a los danzantes, consideran que el universo ha tenido 5 etapas o 5 soles: de viento, de agua, de tierra, de fuego y el sol del movimiento. Según su creencia, ellos viven en esta última, que inició por sacrificio de los dioses, pues fue creada con su propia sangre para dar la vida en la tierra. He ahí el origen de la danza fundadora: los hombres convertidos en pájaros piden a los dioses que, generosos, extiendan un ciclo más de vida.

En el Omeyocan, sitio de la dualidad, que a su vez es el lugar más alto de los cielos, se encuentra: Ometéotl -el dios único y supremo o Señor Dos-, que junto con Omecíhuatl -la Señora Dos- forman la dualidad creadora, es decir, Ometéotl/Omecíhuatl implica un solo dios de carácter dual, acerca de cuyos orígenes nadie supo nada. Ehécatl, el que es invisible como la noche y una manifestación de Quetzalcóatl, el quetzal serpiente, el dios del viento que elige a sus danzantes cuando aún se encuentran en el vientre de sus madres.

Vestimenta

El niño volador más pequeño de Cuetzalan. Fotos: Dante Montao.

El que ha de ser danzante aprende en Yohualichan, la casa en que descansa el Sol durante la noche o, simplemente, casa de la noche, un asentamiento prehispánico de la cultura totonaca que posa sobre las elevaciones de la Sierra Norte de Puebla.

La caída de “el árbol” que sostendrá a los voladores:

Los hombres-pájaro de Cuetzalan saben que con la luna nueva de septiembre los aguarda su cita con el bosque, es entonces cuando buscarán el árbol que será su contacto con Ometéotl. Al iniciar su jornada hacia el bosque, no saben cuál será el árbol elegido, no saben cómo es, ni qué forma, altura o grosor tiene. Y así caminan hasta que, por fin, llegan ante un al árbol donde un ave se ha postrado, señal de que ése es el árbol que sostendrá los siguientes vuelos de los hombres-pájaro. Ahora, el “árbol de voladores” debe desprenderse de su hogar para adoptar la casa del hombre. Así celebran su encuentro con el Xocotl o el “Ocote” u “Ocotl”, que es un árbol estrechamente ligado al dios del fuego, soporte de la danza. “La caída del Xocotl” (la tala del árbol) constituye una fiesta dedicada a la naturaleza; ahí tocan grandes sones en su honor y piden perdón al bosque por quitarle uno de sus hijos.

Diagrama de la danza de los voladores.


El viaje, que cuenta con la participación de 200 a 300 personas, es de trabajo, pero también de asueto colectivo. La comunidad en pleno, después de la tala, comienza el traslado del árbol al centro de Cuetzalan, en donde es sembrado.

En el pórtico de la Iglesia se reúne el pueblo entero que será testigo del nacimiento y elevación de quien será el nuevo protagonista de la danza de los voladores: el árbol. Antes de sembrar el nuevo árbol, los voladores piden, nuevamente, perdón a la naturaleza por haberle quitado un hijo, a cambio le ofrecen un guajolote negro, además de tabaco y el aguardiente que cada uno de los voladores dejan caer en forma de cruz simbolizando los puntos cardinales.

"El rbol". Foto: Dante Montao


Jorge Baltasar Ramírez, caporal o líder de un grupo de voladores, dice que “el ritual es una ofrenda que se le da al dios Sol, para protegernos de las sequías, inundaciones, etc.; para esto se requiere el contacto de la tierra con el cielo, o sea, el árbol”.

El silbido de la pequeña flauta y el golpeteo en el tamborcito no para hasta que el árbol, por fin, ha cobrado “nueva vida”. Cuando ya se ha fijado el tronco, se monta en la punta del árbol un cilindro giratorio que llaman “tecomate” o manzano, que se sostiene a un armazón cuadrado de madera que se utiliza como plataforma para los voladores, a éste se le enredan 4 cuerdas que al atarse a la cintura de los voladores, sirven para realizar el descenso que es acompañado por los sones interpretados por el caporal.

La esencia de la danza consiste en establecer la relación precisa entre la longitud de las cuerdas y la altura de palo, que mide aproximadamente 30 metros, para que los voladores al llegar a la tierra hayan completado cada uno 13 vueltas que, multiplicados por 4, representan los 52 años que componen el ciclo totonaco y azteca, llamado Xiuhmopilli, que significa atadura de años, actualmente conocido como “la rueda calendárica”, que es la combinación del ciclo de 260 días del calendario Maya y el de 365 días del calendario Azteca que para coincidir tardan un período de 18 mil 980 días, es decir, 52 años, éste es el momento en que se consagra la llegada del fuego nuevo, proveniente del Sol.

Amalgama totonoca-evangélica

A raíz de la conquista española, el 4 de octubre se anuncia el inicio de la ceremonia a San Francisco de Asís -conocido como el autor del texto Cántico del hermano Sol, que es en realidad una alabanza a Dios, en la Toscana medieval de Italia y que hoy también lo es para los creyentes de Cuetzalan-, a quien se le rinde honor con danzas, cánticos y música que viene de la tradición de Tononacapan, región totonaca que abarcó lo que hoy conocemos como El Tajín y Papantla, en el segundo sol o etapa de nuestra era.

Pero la ceremonia para venerar al Sol que les da luz, alegría, que es bello, esplendoroso y radiante, no es de ninguna manera monopolio de los voladores, pues el 4 de octubre acuden a la cita los quetzalines, los negritos, los santiagueros, los huehues y los toreadores, logrando así, llenar el centro de Cuetzalan de algarabía, gozo, música y una infinidad de zapateados. La fiesta se vuelve clara unión y mezcla de nuevas, antiguas y distintas tradiciones.

San Francisco de Ass. Foto: Dante Montao.


Pero la danza de los voladores, a diferencia de las demás, excepto la de los quetzalines, “se hace mucho tiempo antes de la conquista de los españoles, es una danza prehispánica que está contemplada al dios Sol”, asegura Baltasar Ramírez, conocido popularmente como “El Volador”.

El Volador, considera que la creencia totonaca, es el alma del guerrero que vuelve a tierra al medio día en forma de pájaro para fecundar las flores, es representación del rayo solar, y es, por tanto, germinador de toda vida que desciende del cielo: es el fecundador de la tierra fértil.

En sus orígenes, la danza de los voladores tuvo una estrecha relación con la agricultura y la fertilidad, es decir, se erigió como un rito solar. Por lo anterior, tuvo que ser disfrazada de juego, con el fin de burlar la represión que impusieron los jueces eclesiásticos españoles en su intento por erradicar las nativas tradiciones.

En lo más alto del árbol el caporal gira y danza para evocar al dios del cielo y anima a los voladores, semejantes a pájaros, por sus adornos diversos colores, pero donde el rojo es predominante, y espejos brillantes, a ser representación del rayo solar y el relámpago del cielo.

Así, en Cuetzalan, el caporal de voladores saluda al Santo Patrón San Francisco de Asís, símbolo de austeridad y sencillez, interpretando una música lúdica y nostálgica llamada “Son del perdón”, ofreciendo la danza frente al altar, para así recibir su bendición y permiso.

El Caporal de los Guerreros guila. Foto: Dante Montao


Al iniciar la danza, el caporal hace una profunda reverencia hacia los 4 puntos cardinales, iniciando por el oriente, tal como lo hacía el sacerdote azteca. La danza continúa con un enérgico zapateado sobre el estrecho tecomate, que mide no más de 30 centímetros de diámetro. Los voladores se lanzan al aire para volar majestuosamente hasta restablecer el contacto y acoplamiento Sol-Tierra, es decir, lograr la fecundación, y por tanto, el nacimiento de plantas, árboles, animales y hombres; es decir, de todas la cosas.

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