Sin las mujeres, la vida sería otra cosa

Por Jazmín Rosales

El camino serpenteaba bajo la niebla y la lluvia, la carretera se limitaba a dos carriles –uno de cada sentido. Después de un pequeño accidente donde no pasó nada, llegamos a Cuetzalan. Ahora teníamos que encontrar el hotel.

Con las habitaciones asignadas, subimos a dejar las maletas, agarrar nuestra herramienta de trabajo –libreta, cámara, grabadora- y salimos bajo la lluvia para encontrar la información que necesitábamos.

Las calles empedradas se convirtieron en peligro de caídas y resbalones con el agua. Tuvimos que ir caminando agarrándonos de lo que pudiéramos, dado que no todos los zapatos eran adecuados para el terreno.

La primera parada fue para comer. Una pequeña fonda cerca del centro nos esperaba con la comida típica- molotes y tlayoyos-. Las señoras que atendían fueron muy amables con nosotras, aún si saber de dónde veníamos.

Una vez satisfecha la primera necesidad, bajamos al centro para conocer y buscar informantes. Mientras tanto íbamos viendo que recuerditos comprar, buscando posibles informantes y observando lo que pasaba en el pueblo un día lluvioso.

Desde que llegamos al pueblo y comenzamos a ver a la gente en las calles me sorprendió el hecho de que prácticamente todos utilizaran huaraches –incluso algunos iban descalzos-, caminaran en los charcos sin inmutarse y sin necesidad de cubrirse del agua.

Ya en el pueblo, observé que la mayoría de la población eran ancianos o adultos, y que la mayoría de los que se encontraban vendiendo era mujeres.

En ese momento decidí cambiar mi tema de investigación, enfocándolo hacia la población y la forma en cómo ayudan a mantener la economía del lugar.

La gastronomía era interesante, pero sinceramente prefería comerla que investigar sobre ella.

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-Lo que le agrade, puede agarrarlo sin compromiso- una señora nos invitaba a ver su mercancía. Aretes, collares y pulseras hechas con diferentes semillas.

Después de una pregunta de una compañera de viaje, nos cuenta un poco de ella.

-Yo soy de México pero tengo 12 años viviendo aquí (…) todas son semillas, en ocasiones vienen compañeros de otros lugares e incuso otros países para intercambiar semillas o ya las artesanías hechas. Es lo que se llama comúnmente en los mercados “trueque”

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El primer día regresamos temprano al hotel porque estábamos muy mojadas, y por el frio corríamos el riesgo de enfermarnos. No fue muy fructífero en cuestión de información, dado que no tenía muy en claro el enfoque que le iba a dar a mi investigación. Sin embargo, la técnica central iba a ser la observación, con algunas entrevistas realizadas a personas que por sus características me podrían ayudar en lo referente a mis hipótesis elaboradas. .

En la noche, con el profesor, fuimos dando un pequeño adelanto de nuestro primer día. Algunas personas ya tenían bien definido su tema. Tenía que ponerme las pilas y aprovechar los dos días que me faltaban.

Al día siguiente desayunamos en el mismo lugar donde comimos el día anterior, principalmente porque iban a ser las informantes para otro tema de investigación.

Nos quedamos un rato platicando y viendo como Elvira hacían los antojitos. Además que aprovechamos la presencia de la señora Celia, dueña del lugar.

-Yo no soy de aquí, pero me vine por mi esposo y mis hijos. Es muy tranquilo aquí… tengo este local, el de aquel lado y el de la esquina lo atiende uno de mis hijos…dos de mis hijos ya se fueron a Estados Unidos, mi esposo ya murió, solo estoy yo.

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Un señor extranjero que por alguna razón decidió quedarse en Cuetzalan vendía gelatinas. Nunca las probé pero lo mejor era su grito para anunciarlas.

-Ya llegaron las gelatinas, ¿quien dijo yo?, ¿alguien dijo yo?, ¿nadie dijo yo por aquí? Las sabrosas gelatinas, ¿nadie dijo yo?

Mientras cantaba sus preguntas se iba acercando a la gente para preguntar. Su voz era fuerte, sin necesidad de gritar. Su canto era corto, atrayente, y aunque no vi que nadie le comprara una, por lo menos lograba que la gente volteara a verlo.

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No podía evitar mirar los pies de los pobladores. Unos pies grandes y duros, con las uñas negras por la tierra, callos por todos lados que no les permitían tener sensaciones en las plantas.

Los huaraches eran viejos, unos más delgados y gastados que otros; algunas personas utilizaban los clásicos de cuero, mientras que los más jóvenes utilizaban de plástico o con diseños más recientes.

Según datos del propio municipio, recogidos mediante un censo de población del 2001, la mayoría de los habitantes son mujeres, pero en las casas existe una mayoría de jefatura masculina. Pude observar que la generalidad de las personas que concurrían en el centro eran mujeres.

A pesar de ser gran mayoría, las mujeres no mandan en casa. Caso contrario a lo que se puede observar en las calles. Las mujeres venden, ofrecen los productos que ellas mismas producen, atienden sus restaurantes, fondas, puestos, tiendas.

Algunos niños caminan junto a sus madres cargando más artículos para vender, las acompañan mientras recorren el pueblo para lograr ganar algo de dinero.

Son ellas quienes buscan la manera de sobrevivir en un pueblo que ha sido olvidado por el Estado de Puebla, aún cuando ha sido nombrado Pueblo Mágico por el Gobierno Federal.

Incluso un señor se acercó a nosotras para ofrecernos su mercancía, y al no comprar nada nos recomendó lugares para visitar.

-Están las cascadas, una de este lado, otra para allá- señalando las direcciones-. También las grutas. Pueden ir a las zonas arqueológicas.

Ante una pregunta de una compañera, respondió -Mi mujer hace todas estas cosas- refiriéndose a los collares que ofrecía- yo soy el que los vende.

Se despidió de nosotras agradeciéndonos de estar ahí.

Su esposa elaboraba lo que vendía. ¿La mujer trabaja en la casa y el hombre en la calle? Indirectamente las mujeres son las que mantienen a su familia.

Fue solamente un señor quien nos lo dijo textual, pero la situación se podía ver en todo el pueblo. Las mujeres estaban en las calles vendiendo, ofreciendo.

Tal vez los hombres eran quienes llevaban recursos o materia prima, pero eran las mujeres quienes elaboraban lo que se vendía, e incluso los niños.

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-¿Quiere pulseras, collares? Hay servilletas, llaveros, llévelo.

Un grupo de niños veía turistas desprevenidos y corrían sobre ellos para ofrecer sus productos.

Cuando no lograban vender nada, se retiraban caminando lentamente, algunos tristes, otros buscando más turistas.

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Seguimos caminando. Había hombres que cargaban cestas con la cabeza. Amarraban un mecate a un paliacate, el cual se ponían en la frente, y dejaban la canasta colgando en su espalda.

Las mujeres vestían el huipil tradicional- cuando el clima lo permitía. Una falda y una blusa de la misma tela; la blusa tiene bordados coloridos en las mangas y cuello; llevaban una chalina de diferentes colores. Y los huaraches.

Los niños ayudaban en la economía de sus casas saliendo a vender lo que sus madres hacían. Si veían a un grupo de turistas se acercaban corriendo para asegurar lugar y venta, aunque no siempre lo conseguían. Te enseñaban todo lo que vendían incluso varias veces. Al final se retiraban en busca de más turistas.

Si el clima lo ofrecía, varios jóvenes- no mayores de 18 años- vendían paquetes para ir a conocer algún lugar: las grutas, las cascadas, zonas arqueológicas, paseos a caballo-, todo a pocos minutos del lugar.

El sábado fuimos a Yohualichan- “Casa de la Noche”- para recorrer la zona arqueológica, el propósito era concoer a la población de otra comunidad y conocer su forma de vida.

Fuimos a comer a una fonda del lugar y pasó una de las situaciones más fructíferas.

Se acercó una señora que pertenecía a la comunidad del lugar y que había organizado un grupo junto con otras señoras para retomar, revivir y heredar sus costumbres.

Nos contó la historia de cómo crearon el grupo y después fuimos a ver su tienda y su taller.

-(…) Es bueno que la gente de fuera se interese por lo que hacemos. Que alguien nos compre algo motiva a las mujeres a seguir trabajando, porque significa que lo que hacemos es bueno- responde la mujer a una pregunta.

-Damos las cosas mucho más baratas de lo que son. La gente no lo paga.

-Para hacer este bordado- refiriéndose al de su huipil- se tarda dos meses. Si sacamos el costo de producción saldría en $2300 aproximadamente, nosotras lo estamos dando en $900.

Ante una pregunta de uno de nuestros compañeros sobre los hombres de la comunidad responde:

-Es un poco triste hablar de eso, pero bueno. La mayoría se va a otros lados a trabajar: Puebla, la capital, el otro lado. Los esposos regresan cada seis meses con dinero; si no traen dinero puede significar que tengan ya otra familia. Es un arma de doble filo, porque además no tienes forma de comunicarte con ellos. No sabemos si están bien, si siguen vivos.

Yo tengo dos hijos que viven en el otro lado y no los he visto en 7 años.

La matriarca del lugar, quien fundó el grupo de mujeres trataba de platicarnos sobre ella, pero su avanzada edad no le permitía recordar mucho ni hilar correctamente las ideas. Su voz era baja, ronca; se dificultaba escucharla.

Su mirada vidriosa no dejaba de dirigirse al piso, pocas ocasiones nos miró a la cara.

Son las mujeres quienes mantienen la economía, son ellas quienes buscan la manera y luchan por continuar con sus tradiciones.

Aunque no tengan dinero ni forma de pagar servicios, se ayudan entre ellas.

Aun cuando sus maridos se hayan ido a buscar ingresos por otro lado, ellas se han quedado aquí para mantenerse como pueden. Únicamente hay mujeres en el lugar al que fuimos.

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-Nosotras trabajamos ayudándonos. Si una necesita ayuda, vamos con ella, y al día siguiente vamos con otra que lo necesite. Es lo que llamamos mano-vuelta.

Hoy trabajamos en mi parcela para recolectar lo sembrado y mañana en la de alguien más. No se paga por ayudar, simplemente entre todas sacamos el trabajo.

Hoy que llegaron, siendo un grupo tan numeroso, la señora- la dueña del restaurante- nos pidió ayuda, y con lo que teníamos a la mano vinimos a ayudarla.

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Después fuimos a una productora de café, donde la señora Tere nos mostró el proceso y nos contó de los planes que tienen, así como los problemas y trabas a los que se enfrentan.

Es una señora bastante motivada por su trabajo, fuerte en el físico y de carácter.

También busca heredar el proceso que utilizan a las hijas de las mujeres que trabajan con ella.

Nuevamente, más mujeres dentro de un negocio que motiva la economía.

No significa que los hombres no hagan nada; simplemente se nota que por las migraciones de los hombres, las mujeres han tomado el lugar de sus esposos dentro de la familia y como productoras y vendedoras.

Cuetzalan se ha convertido en un pueblo donde la mujer tiene un papel muy importante en la economía, pero no ha sido tomado en cuenta dentro de la igualdad social.

Sigue habiendo discriminación, violencia y falta de educación para la mujer, así como oportunidades para mujeres dentro de ciertos campos- como la educación-.

Pero son ellas quienes le dan la fuerza a Cuetzalan para seguir luchando por ser el pueblo mágico que desde antaño lo fue, sin necesidad que un nombre turístico lo indique.

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