Un telar de historias multicolores

Juan Pedro Salazar Casiano

Es una tradición milenaria convertida en una forma de sustento familiar, atractivo para los turistas y necesario para sus productoras. Complicado para aprender, pero bello en su confección. Es el telar de cintura, un elemento mágico de Cuetzalan.

Cuetzalan está situado en la Sierra Norte de Puebla, considerado como “Pueblo Mágico” desde el 2002, en este lugar confluyen diferentes comunidades indígenas, además de los turistas y gente avecindada ahí, en el misticismo de las calles empedradas y el melodioso susurro de los telares de cintura.

Sentada en un banco de madera y con el telar de cintura sobre ella, está Herminia, una joven de 22 años que con singular alegría teje lo que será, afirma, una bufanda de varios colores. Ella se encuentra en un local de tres por cuatro metros, en el mercado de artesanías “Matachiuj”.

Su rostro ovalado y tonalidad miel resalta la juventud de Herminia, quien con cada movimiento de los largos y delgados brazos en el telar, le imprime parte de su esencia al trabajo. Sonríe y deja entrever su blanca dentadura. Afuera la niebla invade las calles y ella, para no sentir el frío, aumenta la velocidad del tejido.

A su alrededor están colgados todos sus productos: huipiles, bufandas, rebozos, diademas, bolsas y vestidos; todos ellos tejidos, ya sea en el telar de cintura o en el de pedal. Llegó a ”Matachiuj” hace tres años para vender sus artesanías. Lo recaudado lo utiliza para ayudar a su familia que radica en Cuatamazac, un poblado cercano a Cuetzalan y del cual proviene mucha gente a ofrecer sus mercancías.

La curiosidad, el amor

Todo empieza por curiosidad, por querer realizar un huipil o prenda “que tapa el cuello”. Su forma es similar a la de un rombo que en la parte central tiene un orificio donde se introduce la cabeza. Por lo regular la usan las mujeres y es un elemento indispensable en la vestimenta tradicional de la región.

“Aprendí de mi abuelita”, comenta Herminia, de ahí que las abuelas se convirtieran en las transmisoras de los conocimientos relacionados con el telar. Una aprendía de la otra y esta tradición era transmitida de generación en generación. Sus orígenes se encuentran, sin que hasta el momento haya una fecha exacta, siglos antes de la llegada de los españoles a tierras mexicanas.

El paso del tiempo y el abandono de las culturas originarias han propiciado que la enseñanza del telar se pierda, aunque siempre existen personas como María Antonia Hernández, de 80 años, que a lo largo de su vida ha dejado un legado en las demás habitantes de su comunidad, pues “eso es importante para nosotros que somos indígenas, el trabajo artesano no se puede desaparecer, porque no desaparecemos, siempre andamos…”, comenta.

“Sí me gustaba, porque hay que aprender las cosas…”, María Antonia mira al frente, con el seño fruncido que acentúa más las arrugas de su tostado rostro, reafirma la curiosidad que sentía cuando veía a su madre y abuela, de rodillas y con el telar sobre la cintura, tejiendo los huipiles con el hilo que ellas mismas hacían.

De lo tradicional a lo comercial

“Antes tejían para ellas, hacían su huipil, yo quise aprender para vender…”, Herminia recuerda cuando su mamá la llevaba a un grupo de mujeres dedicadas a vender artesanías para que la joven comenzará a realizar sus primeros huipiles.

Herminia al igual que Petra, la señora del local contiguo, forman parte de un comité dedicado a la difusión de los productos “hechos a mano”. Dos días tardan para realizar una bufanda, tres para los huipiles y rebozos. “…hacemos los sencillos, los demás no se venden”, Herminia descompone el rostro y muestra su huipil tejido a través de ocho tsotsopas, varitas que sirven para entrelazar los hilos y cuya dificultad aumenta a medida que se agregan más tsotsopas.

Según Vera Kandt, autora del libro La Sierra de Puebla, artes de México, las personas de comunidades cercanas a Cuetzalan, “vienen a vender porque las personas nativas del lugar ya no tejen”. Herminia ejemplifica este fenómeno en su comunidad: “No todas saben usar el telar, sólo la que quiere aprender… [y esto lo realizan]…cada quien, a la hora que quiera…un ratito cuando, en vez de descansar, bordan, hacen un huipil, una bufanda y ya lo viene a vender a la plaza.”

El “Matachiuj” fue creado hace ocho años, como un espacio dedicado a las artesanías, hace tres años fue remodelado, y desde su origen se formó un comité cuya función radica en promocionar los productos, “Es que a veces nos invitan en algunas ferias, colegios…todos los compañeros formamos parte, tenemos un comité. Ya nos invitan y de ahí decidimos quien sale”, comenta Herminia, quien agrega que han visitado el Distrito Federal, Acapulco, Chiapas y Puebla.

A pesar de ello, sus productos son malbaratados si los ofrecen en alguna tienda, pues éstas les ofrecen sólo 50 pesos por bufanda realizada, caso contrario a cuando las venden en 150 o 130 pesos en el mercado de artesanías.

“Sabe usted, ahora ya venden el huipil hecho en maquinas, sí”, comenta José, un vendedor que camina por todo el centro de Cuetzalan ofreciendo los productos que hace su esposa. En su mano izquierda lleva las bufandas o las diademas y en la derecha una bolsa que contiene los huipiles y los rebozos. Su sombrero lo cubre de la incipiente lluvia y sus pies tocan las piedras al salirse del huarache.

La fiesta del huipil... y del telar

La importancia del telar de cintura es tal, que tiene su propia fiesta. Ésta es “la fiesta del huipil”, producto que es elaborado con el telar, la cual se lleva a cabo el 4 de octubre, fecha de conmemoración a San Francisco de Asís en Cuetzalan.

Herminia rememora los sucesos de dicha festividad: “Vienen jovencitas de cada junta auxiliar…una muchacha tiene que hablar en náhuatl y en español; de dónde es y cuáles frutas se dan en su comunidad y todo lo que sabe hacer, quien lo haga mejor y no se le olvide lo que tiene que decir, gana. Las pasan así, de traje blanco, ya la que gana después le ponen su nahua negra…y el huipil todo es bordado aquí (en el pecho) y con un listón, a y con su tocado…”

La fiesta de San Francisco de Asís representa una de las mejores fechas de venta por la gran afluencia de turistas en la zona, después Semana Santa y el mes de diciembre. Épocas en las que el telar demuestra su valía en cada uno de los cinco locales destinados a la confección de ropa derivada de él.

De donde venimos y a donde andamos...

Más allá de la belleza de los huipiles, rebozos, bufandas y bolsas, está, como señala Maria Antonia, la preservación de la tradición, pues “hay que llevar a todos, para que conozcan de donde venimos y a donde andamos” y así dar una mirada a Cuetzalan, un pueblo mágico en cuyas calles se entretejen las multicolores historias de sus habitantes.

© 2009 - Ceske - Sjezdovky .cz.

Design downloaded from free website templates.