Olor a Cuetzalan

Por Citlally Vargas Cortez

Buscar informantes en aquel lugar de plumas abundantes. Fue la primera tarea encomendada. El cielo perpetuado en una escala de grises muy distintos a los de la ciudad, la lluvia y un plástico para protegernos de ella, fueron nuestros primeros aliados en aquella práctica de campo.

En los tiempos del emperador Moctezuma a ese lugar se le denominaba Cuezalla, pues ahí había un gran intercambio de plumas de Quetzal; de ahí que el nombre hoy refiera dicha genealogía: Cuetzalan es el lugar de plumas abundantes. Se ubica dentro de la Sierra Norte de Puebla que se extiende en la zona noreste del Estado y ocupa el 0.40 % del territorio total del mismo.

Descender, ir por aquella calle tan peculiar e interesarse en algún objeto que haya llamado la atención, mirar e ir más allá, alcanzar el mérito de la observación. De pasada por vez primera en Cuetzalan, Pueblo Mágico, los estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales continuaban buscando informantes.

El concepto de magia que se asigna a aquel lugar ha surgido desde la esencia de su cultura y a la vez proviene de la Secretaria de Turismo, que en 2001 lo incorporó al programa “Pueblos Mágicos”, por ser susceptible a los flujos turísticos. La identidad de sus habitantes se enlaza con dicha palabra, aunque sólo unos cuantos saben que el gobierno hizo tal nominación: muchos dan prioridad a la economía y otros tantos en realidad saben de su identidad.

No todos están conscientes del legado cultural; lo sé porque me percaté de ello cuando de repente nos vimos rodeados de un pequeño grupo, integrado por todo tipo de gente, niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, vestidos de tenis y playera, otros más con trajes típicos; una mutación de las viejas costumbres y nuevas producciones.

Lo noté, cuando ofrecían su mercancía y las ansias se les salían hasta por los ojos, comprendí que su historia individual y los registros económicos que en ella hay, son un factor importante de su actitud. La reacción corresponde a la acción: vender es buscar el sustento de sus necesidades. Alguien de aquel grupo hizo la diferencia.

A veces, la diferencia resulta inadmisible, porque hoy, la producción en serie es también humana y casi nadie se atreve a salir de los patrones, el rechazo y la soledad amenazan a los individuos. Esa vez la diferencia se convirtió en un antónimo, pues quien mostró un semblante distinto, fue mi primer informante de calidad. Su nombre: María Delfina Antonio Díaz.

He ahí la expresión de un sentido de pertenencia a Cuetzalan, a sus costumbres, a la tradición oral, la comida, el vestido, a la conciencia histórica. Se sabe distinta a los demás y así lo expreso, pues no sólo me ofreció los collares de semillas que por las tardes diseña y confecciona. Narró toda una historia, de sus vivencias, desde la niñez, hasta la etapa adulta, de cómo cambió su pueblo y cómo aprendió su lengua, sus danzas, su gastronomía y sus artesanías.

Me contó tantas cosas. De su boca pequeña y obscura salían palabras y más palabras. Desde hace 40 años vio nacer el comercio de artesanías en aquel pequeño pueblito, su madre era partera y su padre un campesino que iba a cortar café en las temporadas “buenas”. Ella tenía que buscar el sustento para su nueva familia.

Es una mujer de 55 años, nada ingenua y nada ignorante, “ser indígena no implica ser lo menos”. Firme y cubierta por unas cuantas canas que hacían juego con un par de trenzas, nos apartamos de aquel grupo, donde se pudiese hablar en paz. La lluvia cesaba poco a poco y la Iglesia de San Francisco de Asís, envuelta en la niebla, hacía guardia tétrica a nuestra conversación.

María recuerda que antes no había vendedores. Si bien, ha sostenido a su familia, gracias a los ingresos económicos que le dan sus collares y pulseras; sabe que en esa región los totonacas vivieron mucho antes que ella, sabe de los intercambios comerciales y el tributo a Tenochtitlán; que la orden de los frailes franciscanos impuso el catolicismo, y que a partir de 2001 empezó a venir más gente y se perdió el interés por lo propio, para dirigirlo a lo material.

El turismo no es la esencia de su vida, sino su historia; porque aquél beneficia a los hoteleros, a los dueños de locales, más que a su gente, pues aún carecen de una vivienda decorosa, acceso a la educación más allá de la secundaria y falta de apoyo para impulsar su prosperidad. Sin embargo, mucha gente ha olvidado la historia y se ha ocupado del negocio.

El diálogo fluía entre la humedad, evidencia de otra característica de Cuetzalan: su clima semicálido subhúmedo. Los recientes cambios climáticos y la transformación en el orden de las cuatro estaciones del año dan origen a lluvias, cualquier día del año, aunque esos días correspondan a los meses de primavera. Aquella ciudad se bañaba de gotas, mientras la historia de una artesana hacía un pequeño eco con las paredes de la Iglesia.

Tenía ojos casi negros, uñas un poco descuidadas y un reboso de color gris. Nos despedimos y acordamos un segundo encuentro para la tarde del sábado. Ya todos los vendedores se habían esfumado, sin haber vendido algún accesorio, y ahí me di cuenta de que la gente de Cuetzalan, puede definirse a sí misma por dos cosas: porque le han llamado “Pueblo Mágico”, o por porque se sabe un pueblo con historia, cultura e identidad, porque tiene implícita la magia en su ser.

La oscuridad de la noche pintó una transformación más a mi primera percepción, las luces que reflejan sus destellos en los residuos de la lluvia y las piedras, en verdad parecían un acto de magia, mucho más alejado de la campaña turística que hace alusión al concepto, más cercana a la esencia de Cuetzalan, que se respira al entrar en la ciudad, en las bebidas, en los gestos, en su arte y en su vida.

Y es que los habitantes tienen incluso, un aroma peculiar, huelen al pueblo de plumas abundantes, invitan a sonreír con algún gesto desde lejos, procuran vender, contagian su entusiasmo y esperan el regreso de los visitantes en los pequeños puestos que rodean la plaza principal, ahí donde venden algún adorno para el cuerpo, prendas regionales y un poco de gastronomía.

La plaza, o el parque, como ellos le llaman, tiene un aspecto rústico. Nos platicaron que las obras en el espacio público son muy mal administradas y que por ello hay “obras en negro”. Al centro, un tronco enorme al que suben los voladores y dan vida a la danza que lleva el mismo nombre.

La danza de los voladores era una ceremonia de plegaria al Sol; por ello buscaban el árbol de la fertilidad o Tzakatkihui, abundante en la zona, para que la alegría de su danza fuera agradable a los dioses, para que atendieran el ruego de sus cánticos, producida por la flauta de carrizo y el tambor, para que conmovidos derramaran sus dones sobre la faz de la tierra en forma de aire, calor y lluvia, para producir la fertilidad de las siembras.

Casi al centro también hay un reloj que timbra cada hora y musicaliza con efervescencia a toda la comunidad, es una combinación un poco rara que también distingue ese lugar, el blanco de aquella estructura es el mismo de los puestos a su alrededor, ahí hay gente que no es de Cuetzalan y sólo se dedica a vender, y nuevamente me di cuenta de que los aromas son muy distintos.

Entre tantas calles caminé, hacia abajo encontré una cocina indígena en la que degusté de maravilla. Luego volví a subir cuesta arriba, caminamos una larga calle con destino a una de las orillas del Pueblo. Ahí nuevamente una mujer nos mostró un pedacito de aquel lugar y entre hilos de colores, algunas varas y un banco, desplazamos nuestras manos una y otra vez para lograr tejer un reboso. El intento no duró mucho y no resultó tarea fácil.

El bordado a mano es una actividad común entre los artesanos de Cuetzalan, y son las mujeres quienes la realizan. Los telares son como un bosquejo de ideas, se seleccionan colores y dibujan figuras, todas distintas, todas haciendo alusión al quetzal, a su vida y a su pueblo. La magia nuevamente se oculta entre la madera que entrecruza los hilos, en las manos que tardan más de ocho horas en terminar la tarea.

Un fin de semana semioscuro, allá en la profundidad de la Sierra Norte de Puebla. Hay quienes dan la bienvenida y otros que celosos, guardan para sí lo que les queda después de tanta heterogeneidad. La imagen, la persona, la voz y la evidencia encontradas en aquellas personas no coinciden con aquello que había creído y, sin embargo, la hospitalidad y la curiosidad trazaron el sentido y la continuación del viaje. La oscuridad y Cuetzalan tuvieron que llevarnos al instante exacto en donde ya no pudimos imaginar porque en realidad lo vivimos.

Mientras a mí, parecían haberme enviado de un salto a una oscura región de sutiles encuentros con objeto de investigar, comprendí que aquel lugar nombrado mágico desde fuera no había sido descifrado en todo aquel concepto desde sus raíces. Comprendí que acudir a la oscuridad y los días nublados de aquella visita, sin quitarle la esencia con la luz y ansias de un día soleado, o bien con mis prenociones, que recorrer el origen biológico y luego cultural del hombre, encaminarían aquella identidad inmersa en el hombre a una conciencia absoluta de su ser que tal vez está en el ámbito de lo inexplicable, al que nos acercamos muy brevemente al momento que respiramos el aroma a Cuetzalan.

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