Entre la niebla se pierde la cultura

Por Paulina García García

Un pueblo misterioso que guarda una fascinante mezcla de culturas en sus raíces más profundas. Se esconde entre la sierra norte mexicana y su característico clima atestigua la particularidad de este lugar. La abrumadora neblina identifica al pequeño poblado de Cuetzalan en el estado de Puebla.

Indígenas predominan en la escena: mujeres, niños, ancianos y jóvenes. Sus rasgos muestran sus orígenes, su lengua nativa: el náhuatl se escucha en cada rincón de los callejones que conforman el municipio. Caminan sobre las piedras con diferentes mercancías que ofrecen a los visitantes: collares, aretes, pulseras, manteles y demás artesanías. En su mayoría, mujeres, quienes caminan descalzas encima de las rocas húmedas durante la tarde cargada de olor a llovizna fresca.

Las tradiciones que aquí practican revelan la imposición española, lo mestizo, lo desconocido. El encanto absorbe y transporta a la época prehispánica; los nativos, con sus vestimentas típicas, su fisonomía indígena y huaraches, asisten a la misa impartida en la parroquia de San Francisco. Sus rostros confundidos y ojos esperanzados perduran durante toda la sesión religiosa.

Es sábado, los paseantes arriban a su destino, el pueblo está a reventar. El atractivo turístico es incuestionable. El aroma del café (propio del clima tropical húmedo), la gastronomía (tlayoyos, molotes, frijoles con xocoyoli, pollo pipián, chayotes endulzados, pepitas, chiltepines verdes, etcétera), las danzas (de los quetzales, voladores, santiagos, negritos, entre las más destacadas), las diversas ferias que se celebran a lo largo del año, en fin, innumerables factores cautivan a los visitantes.

Ante un mundo cambiante, lleno de tecnología, de información, el cual sufre los estragos de la globalización, los habitantes de Cuetzalan conservan sus cimientos. Pero, ¿por qué los atesoran?, ¿realmente guardan un significado para los practicantes, o lo hacen meramente por la atracción que causa en los ajenos? “Todo se ha comercializado”, señala el profesor de historia de la secundaria local, Pablo Huerta.

Él asegura que, aunque la mayoría de sus alumnos son indígenas, niegan serlo, se avergüenzan de su raza. Adoptan actitudes que ven en la televisión y escuchan música que nada tiene que ver con su origen, unas tonadas “espantosas”, en palabras del maestro. “A ellos ya no les interesa, después de clase, corren a las maquinitas y juegan por horas. Lo mismo sucede con la Internet”, expresa Huerta con cierta añoranza en su voz.

La radio local, comenta, poco se oye entre los adolescentes. “Los alumnos dicen que la programación es de nacos”, se queja Huerta. Se está perdiendo la cultura, remarca, y ante ello los maestros son los que deben inculcar amor por la misma en los más jóvenes. Asimismo, continúa, la gente ya no defiende el significado de las actividades que imparten, todo es con fin de lucro.

“El gobierno no hace nada por resguardar las tradiciones, ellos sólo se guían por sus intereses” señala, mientras sorbe un poco de café. Jesús González Galicia es mencionado en numerosas ocasiones por el entrevistado. Afirma que gracias a su buen manejo de recursos e interés, durante su administración municipal, múltiples actividades culturales se llevaron a cabo. A él se le reconoce la construcción y apertura de la “Casa de la Cultura” en 2002.

A ésta se le conocía cómo “la casa de máquinas” debido a su antiguo estado cómo una maquilaría de café regional. Actualmente, y en efecto gracias al profesor González, en la casa de cultura se llevan a cabo diversos dinamismos que promueven la misma y sirve cómo una galería de artistas aborígenes. Es amplia, de estilo “minimalista” asociado con un intenso olor añejo. Muestra, en la entrada, los trajes típicos del poblado, con plumas de quetzal, grandes penachos y rebozos elaborados a mano.

Galicia no desmintió al profesor: “sí, la cultura se está perdiendo”, asegura tras apagar el televisor. Todo este proceso, recalca, comenzó a tener auge a partir de la construcción de la carretera en 1962. La comunicación con otros pueblos fue inevitable, especialmente, con la ciudad de México. Los videojuegos, teléfonos celulares, televisión y demás artículos comenzaron a fluir comúnmente entre los originarios.

Asevera que todos los habitantes mexicanos tendemos a refutar nuestros inicios como indígenas. Usualmente, rechazamos a quienes presentan apariencias originarias, enaltecemos a los europeos y nos creemos inmersos en una cultura totalmente occidentalizada, cuando en México predomina un pueblo mestizo y respetar al indio es respetarnos a nosotros mismos, exclamó entusiasmado.

La gente ignora el problema, no es de su incumbencia; pero, cerciora Galicia, la pérdida gradual que se está dando en nuestra población es terrorífica, no puede ni debe suceder, desearía que las personas se interesaran por el tema, insiste una y otra vez. Para él, la inauguración de la casa de la cultura fue de suma importancia pues recibió mucho apoyo de diferentes individuos, no sólo de la comunidad sino de varias partes de la República.

El panorama se tornaba gris, las usanzas ya no simbolizan lo mismo, “algunos saben los movimientos e inclusive saben la historia porque sus abuelos se los enseñaron, pero muchos otros, tal vez la mayoría, danzan por el dinero”, confirmó el ex administrador Galicia, refiriéndose a las danzas practicadas.

Una perspectiva totalmente diferente puso en tela de juicio lo anteriormente dicho. La señora Victoria o “Vicky” entre sus conocidos, se dedica a cocinar las delicias locales en el hotel Taselotzin. Se trata de una posada que maneja una organización de mujeres indígenas, “con el único fin de apoyarnos entre nosotras para mejorar nuestras condiciones de vida”, asegura Vicky. De marcados rasgos indígenas, ella es sonriente, cálida. Porta ropajes hechos a mano por ella misma con un interesante diseño al cual denomina popendo: se trata de una técnica en la que se cuenta “punto por punto”. “Bordar está en mis raíces”, dice mientras exterioriza una sincera sonrisa.

Victoria es una mujer admirable, ella tiene claro lo que busca tanto con su marido y familia, como en su trabajo y desarrollo personal, a lo que comenta “me apasiona cocinar, lo hago con mucho gusto y la gente lo disfruta. Ello realmente me satisface”. Su sazón es popular en la zona, prueba de que realmente goza lo que hace. Explica también que su abuela ha sido su gran inspiración; precisamente fue ella quien la enseño a cocinar los exquisitos y tradicionales platillos. A través de la cocina, Vicky encuentra una forma de inmortalizar a sus descendientes, una manera de transmitir una tradición que día con día muere.

Arraigada a su cautivadora cultura, expresa su inquietud de mantenerla intacta. Todo el tiempo habla en náhuatl con sus nietos, hijos, sobrinos, en fin, el español es poco utilizado; sin embargo, confiesa que en ocasiones suelen mezclar palabras de una y otra lengua. Aún así asegura la importancia de la preservación de dichos ritos. Admite que ha habido un desvanecimiento entre los practicantes, pues señala que “las señoritas ya no se visten como antes”, aludiendo a los trajes propios, coloridos y bordados.

Seguramente, señoras de la talla de Vicky hay muchas. Una mujer que se deleita al reproducir sus hábitos, conductas y prácticas, quien, lejos de estar tontamente avergonzada, denota felicidad cuando habla no sólo de su linaje sino del de todo México, pues ahí se encuentran las raíces originales de la nación. Es claro, al gobierno poco le importa preservar la cultura indígena, la discriminación gobierna sus cerebros. El trabajo, como casi siempre, está en las manos de la sociedad.

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