La medicina tradicional, fe de un Pueblo Mágico

Por Angélica Bautista Arana y Augusto Durán Castañeda

El dolor siempre se ha representado como un signo de nuestra humanidad, pues si quitamos nuestra facultad de sufrir terminaríamos por desprender nuestra condición humana: la fantasía de la eliminación radical del dolor es un sueño de omnipotencia y por lo tanto del gusto de vivir. Como lo demuestra la experiencia, la anestesia del dolor implica un estado de placer.

Una tarde con una extensa neblina envolvía con su gélida capa el pueblo mágico de Cuetzalan, la lluvia era uno de los principales factores de movilización.

Fue en la casa de cultura de Cuetzalan donde se presentó la primera oportunidad de tener un contacto directo con aquel pueblo místico.

Un lugar de vital importancia para los habitantes es el hospital de medicina tradicional; debido a su funcionamiento y a su efectividad para curar en la gente.

De pronto surge la inquietud de saber qué sucede en este lugar, por qué es tan significativo. En cuanto se logró localizarlo, la negación de información por parte de las autoridades fue notoria, pedían un proceso burocrático, pues requerían de la elaboración de un protocolo de investigación para poder obtener datos acerca del hospital de medicina tradicional.

Acceder al hospital fue una gran travesía, “la gente tiene creencias tanto indígenas como católicas; sin embargo, para encontrar cura a sus dolencias, accede no solo a la curación espiritual, sino a la medicina tradicional y moderna”, expresó una comerciante.

Ella describía su lugar de nacimiento con gran vivacidad: entre sus memorias encerradas en el cofre del tiempo, retomó alguna de cuando cumplió doce años y que en una caída se golpeó la cabeza. Pese a que el golpe no fue grave y el doctor solo recetó unas aspirinas para el dolor de cabeza, sus padres de origen indígena insistieron en llevarla con el chamán.

“La cura del espanto”, lo recuerda como si hubiera sido ayer, como si la lluvia le recordase ese instante en que el curandero la sobaba y sobaba con las hierbas curativas, y entre beber yolixpan (nombre de origen náhuatl que significa “medicina del corazón”) y escupirle en la cabeza la bebida curativa, tosía, después de haber extirpado los malos espíritus del cuerpo de la niña. “Según explica la gente que sabe de eso, el que el curandero tosa significa que los malos espíritus surjan y abandonen el cuerpo y el alma del enfermo” agregó.

Después de la constante tos del curandero, viene una especie de cántico u oración en donde hace una plegaria a su divinidad para que esos malos espíritus no posean a otro cuerpo. Las hierbas se queman luego en un fogón.

Después de este ritual, esta mujer se sintió distinta que antes del trauma que sufrió gracias al golpe, su sueño se veía interrumpido por pesadillas y sueños tortuosos. Sin embargo, después de una sesión de limpia y cura de espanto, sus sueños y dolencias desaparecieron como si en verdad hubiese sido exorcizada de alguna manera por el curandero.

¿El Chamán prevalece en la actualidad?

Primero, existe eficacia simbólica en la práctica de ritos como la cura de espanto o empacho. Debido a que las tesis de Levi Strauss muestran que en el rito lo importante no es en sí el proceso de curación sino la apropiación simbólica y el sentimiento de curación del enfermo.

Lévi-Strauss ha gozado de un lugar preeminente entre los investigadores que afirman que las diferentes culturas de los seres humanos, sus conductas, esquemas lingüísticos y mitos revelan la existencia de patrones comunes a toda la vida humana.

Esta afirmación toma fuerza cuando Levi Strauss describe que el chamán encierra a los espíritus con un rito (cura de espanto), crea una apropiación simbólica contándole la historia de sus antepasados al enfermo (la oración o plegaria) y por último tose y escupe los males extirpados del enfermo. Esto es porque Levi Strauss explica que el curandero o Chamán vuelve tangible la enfermedad, es decir, el espíritu deja de ser espíritu y se convierte en saliva o sangre.

La enfermedad a la que el sujeto le había atribuido siempre una naturaleza espiritual se presenta bajo una forma tangible y visible mediante el escupitajo o la constante tos del curandero.

“Tan pronto como hemos conseguido capturar el alma del enfermedad, que es un hombre, muere entonces la enfermedad”.

Asimismo, esta práctica resulta exitosa por la combinación de la sanación del espíritu, la adivinación y la magia; por los sanadores tradicionales que son considerados como guías espirituales o personajes sabios con facultades de videntismo o adivinación, ya que ellos conocen el uso de yerbas y plantas de su región, las que utilizan para comunicarse con el mundo de los espíritus y así resolver algunas situaciones problemáticas que sirven a la comunidad.

Cada individuo, más allá de sus condicionamientos culturales, sociales y grupales, reacciona al dolor con su estilo propio. La reducción del enfermo a un estereotipo de su cultura o de su clase, resulta tan errónea como la indiferencia ante sus orígenes culturales y sociales. Concluye esta parte con unas reflexiones sobre la gestión social del dolor y el dolor como estatuto social.

Además la eficacia simbólica en el rito de curación no es la curación en sí, si no la creencia y la fe del enfermo. Es por ello que los curanderos no muestran ni explican nada acerca del rito, pues perdería su eficacia simbólica en el sujeto, quien ya no creería ni se sugestionaría. El chamán, su cliente y los espectadores están rodeados por los espíritus y por lo tanto existe un vínculo de fe entre los espectadores.

La eficacia simbólica entonces, explica Levi Strauss, no está más que en volver pensable que la mitología del chamán no corresponde a una realidad objetiva carente de importancia social; sin embargo, el enfermo cree en esa realidad y es miembro de una sociedad que también cree en ella: es un consenso espiritual.

Es por ello que en un sondeo alrededor de Cuetzalan, la gente le atribuye más éxito a los ritos de medicina tradicional que a la propia medicina moderna. Por lo tanto, sí existe como tal una eficacia simbólica o una sensación de placer en la gente. Aun en las sociedades modernas es comprobable este fenómeno. Entonces, no es menos importante la sustancia curativa, el rito, que la sensación de curación del enfermo o la apropiación de lo simbólico.

Finalmente entre la humedad y el olor a tierra mojada, se escucharon los pasos apresurados de un personaje un tanto nervioso, después de analizar sus anteojos que tenían una enorme graduación y su camisa de manta, se pudo obtener una entrevista exitosa.

Su nombre es Topiltzin, que en náhuatl significa “nuestro señor”. Él era profesor de secundaria, tenía gran afición por la arquitectura, aunque su profesión de docencia era aún más excitante.

Después de una plática sobre la comida típica del lugar, él comenzó a charlar sobre los ritos de la medicina tradicional, y describe que hubo algo de la conquista española de lo que se alegra que haya sucedido: el proceso de transculturación, en especial en los ritos de curación. La fusión entre los indios y los europeos quizá ayudó más, aunque la medicina indígena poseía una gran variedad de hierbas curativas y procesos de curación naturales, cosa de que la medicina europea carecía.

Por otra parte, describe la importancia simbólica de la transculturación de estos dos mundos como una expropiación de creencias tanto de una cultura como de la otra.

La curación chamánica no sólo se presenta en una cultura en específico, sino que implica que la gente se apropie de esa importancia mítica. Si la gente cree en el mito de la resurrección o en la existencia de dioses, es el reflejo de la existencia también de almas malignas que posean a los humanos creando enfermedades. Entonces ahí es donde radica la importancia del Chamán: si se presentará una gama de las culturas tanto europeas como americanas se tendría mucho de donde escoger. Primero, los griegos tenían el teatro, los indios siux al Chamán, nosotros los mexicanos al curandero, yerbero. El ser humano por naturaleza requiere creer en algo, y atribuye todo a cuestiones simbólicas. La sanación tiene lugar en un espacio sagrado, cuya estructura se hace visible a través de altares e imágenes. Todas las personas que presencian el ritual participan en una escenificación atemporal, en la cual todo el poder curativo está presente en la sociedad y en todo el que existe.

Con una sonrisa en su rostro, Topiltzin miró detenidamente la Iglesia de los Jarritos y describió todo el simbolismo que la compone, reforzando la teoría de que la realidad humana se rige por lo simbólico.

Conversando con este personaje conocimos el método de sanación más eficaz para la población de Cuetzalan, el de la medicina tradicional. La eficacia simbólica no depende del método utilizado, ni de los ritos, ni de las medicinas, sino de la efectividad y la apropiación que tenga la gente de ésta.

Bibliografía consultada

Levi Strauss, Claude, Antropología Estructural, Editorial Paidós, México 3ra edición, 1984.

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