Medicina tradicional

Por Amelia Arreguín Prado y Alicia Núñez Valencia

En una casa dejada en obra negra, con una hoja anunciando que el consultorio de medicina tradicional “Masehual Xihigtapatiloyan” abre de 9 a 16 horas los martes, viernes y domingos, entramos a conocer al curandero. En el vestíbulo (el primer piso del edificio) había dos bancas improvisadas con tabiques y una viga de madera. Sólo había una persona sentada: la secretaria, quien hace una lista para llevar el orden de las consultas. Y una mujer silenciosa parada en un rincón. Cerca de las escaleras que conducen al consultorio hay otra hoja que recuerda la tarifa de la visita: cinco pesos que se depositan en una jícara de plástico.

Las visitantes nos sentamos a esperar turno. Luego de cinco minutos bajó una joven que encorvada sostenía con fuerza su vientre. La secretaria la acompañó hasta la puerta de salida mientras intercambiaban palabras en náhuatl; también se despidió de la señora solitaria.

Subimos al segundo piso y una puerta de madera roída nos indicó la entrada. Pasamos a un cuarto oscuro, alumbrado por tenues rayos de Sol y veladoras. El aire estaba enrarecido por la humedad —cosa común en Cuetzalan por la niebla diaria— y por las sustancias empleadas en los rituales que ahí se practican. El curandero, Miguel Cruz, nos recibió como alguien acostumbrado a platicar con extraños, nos invitó a sentarnos frente a un escritorio y el diálogo comenzó. Lo primero que se trató fue su definición de la labor que practica. “Me dedico a la medicina naturista. Yo soy curandero, soy médico con los de Coacalco”.

La extrañeza brotó con la última frase. “¿Estudió en una escuela?”. “No, ellos vinieron a examinarnos. Ellos me reconocieron. Desde el 79, cuando vino el profesor Carlos Sola, el Licenciado Carlos Sola, el licenciado Guerrero, son los que vinieron a examinar”.

Platicó acerca de otras visitas que le han hecho investigadores extranjeros y los regalos que le han traído como un crucifijo y rosarios bendecidos por el Papa. “Yo estoy trabajando con mis hermanos, apoyándolos, ayudándolos; ves que hay muchas enfermedades y muchos doctores no las reconocen; las enfermedades malas, ellos no lo reconocen, los doctores; va un enfermo le sacan billetes y billetes y nunca lo curan”.

Comentó el caso de un muchacho de la ciudad de Puebla que había gastado más de 95 mil pesos en atención médica para su madre y el diagnóstico de esos doctores indicaba que debían hacerle un trasplante de corazón en un hospital de Estados Unidos. El joven ya no tenía dinero y por un conocido común en Zacapoaxtla, se dio una reunión entre el Sr. Miguel y él. Le platicó que le iban a poner un nuevo corazón a su mamá. “¿Cuánto le va a costar? ¿Por qué le van a cambiar el corazón le digo? Esos doctores que has visitado ¿curan, son milagrosos? No la lleves, nadie te obliga; no les van a pagar. Tráetela, le digo, a ver qué le hacemos”.

“Estaba enferma de susto. Cuando se hincha el corazón es de susto. Por tantos malos pensamientos, mortificaciones. Si Dios te lo puso el corazón, si a Dios no le cambiaron el corazón, ¿por qué a otro hermano le van a cambiar el corazón? Se va a curar rogándole a Dios. Dios nuestro señor, cuando vino Jesús, no curó con piquetes, ni con operaciones ni con nada. ¿Con qué curó a Lázaro? Un rollito de hierba. Lázaro levanta y camina. Se dejó levantar Lázaro y se fue corriendo con los demás. Zacarías, Elías, todos esos, Simón. Entonces, ¿por qué nosotros con piquetes?”.

“No me aparto, los doctores son buenos pero una enfermedad natural, le da una calentura, le duele algún dolor, y el doctor sólo te da una ampolleta. Pero si tienes alguna enfermedad como un susto o maldad, van luego, luego con el doctor, pero él sólo te saca dinero. Nosotros estamos curando con el don de Jesús, estamos pidiéndole a Dios con ruegos que mi hermana sane, que no debe nada. Yo justifico que no debe nada, y si debe, perdónalo. Tú perdonaste a tus enemigos, te golpearon, te clavaron en la cruz. ¿Qué dijiste cuando tu muerte? Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu, y perdónalos. Así estamos perdonando. Perdónala, Dios”.

La charla siguió y nos explicó la diferencia entre un sacerdote y él, si los dos son líderes espirituales. “El señor cura está pidiendo por nosotros. Es pidiéndole a Dios que estemos bien, buenos y sanos. El señor cura está pidiendo a Dios por todo mundo. Nosotros, pedimos uno por uno. Pido por un hermano en especial, pidiéndole a Dios que le perdone si algo debe. Tienes susto, nosotros te vamos a curar, y te voy a dar medicina para quitar”.

¿Hace usted esa medicina?” “Sí, son 14 hierbas”. Esas hierbas, ¿las consigue o las cultiva? “Las cultivo allá en el rancho donde vivo. Son 14 clases de hierbas”. ¿Tiene medicinas para las distintas enfermedades? “Para algún dolor que tengas, cuando tengas bilis, diarrea, mal aire”. ¿Cómo se llaman las hierbas? “Caralillo, hierba mala para la maldad, para el aire; para el dolor está el salvador”.

¿Vende las medicinas? “Por ejemplo, 25 pesos las bolitas para el susto, una docena”. ¿Viene a verlo gente de aquí o es de otros lados? “Pues depende, hoy acabo de llegar y llevo tres amigas que son de aquí. Vienen de 10 a 15 personas por día. Hace 67 años que estoy trabajando en esto. Ya estuve en el hospital, aquí fundé el otro, nosotros lo iniciamos, el de medicinas naturistas, no me gustó. Se llenaba un lugar con gente anotando, todo lo que decíamos lo apuntaban; luego podían ir a sus pueblos y ya eran curanderos”.

Narró sobre la fundación de la parte de Medicina tradicional en el Hospital Integral: “Fuimos cinco los que iniciamos. Yo de Cuetzalan, Jorge Guerrero de Huehuetla, Arcadio Valencia de Espinazo, Joaquín Escobedo de Tlapacoyan. Nos agarraron para maestros. Nos metieron aquí donde ahora es casa de cultura, a dar prácticas a la gente. Se juntaba mucha gente, todo lo que decíamos ellos lo apuntaban. Así empezaron ellos, ahora son los médicos, conocen la hierba pero no confían en el espíritu. Nos pusimos de acuerdo con los demás, lo que acabo de decir de Dios no se lo soltamos a ellos”.

Miguel Cruz explicó que ni él ni los otros cuatro fundadores del Hospital de Medicina Tradicional siguen trabajando ahí, debido a un problema que tuvieron con la repartición del dinero presupuestal. “Los reportamos en la cooperativa, nos dijeron que no volviéramos. Los otros cuatro también trabajan en su propio pueblo: Tzoquiapan, Huehuetla, Espinal. Yo en mi pueblo, ellos en su pueblo, cada quien con su pueblo”.

¿Cuáles son las enfermedades más comunes? “Hay muchos, como lo de las recalcadas (son fracturas de huesos), abertura de cintura (únicamente en las mujeres), tenemos anotado todo lo que hacemos, nada hacemos a escondidas”. ¿Lleva un registro de lo que hace? “Sí”. ¿Y pone todas las consultas que tiene? “Sí, no importa si es grande o pequeña. Se pone qué curamos aquí, cuántas consultas llevamos”.

Mientras hacía estos comentarios se levantó y tomó unos fólderes que estaban en una bolsa que colgaba en la pared. Tenía registradas 24 enfermedades durante los años que ha llevado los registros, los que mostró eran del 2001 para acá. En Cuetzalan ¿Hay más consultorios como el suyo? “No, nomás está el hospital dónde están los aprendices”. ¿Entonces es usted el maestro? “Sí, yo soy el maestro. Antes trabajaba yo escondido, pero a partir del año 87 ya no, tenía el registro”.

Luego vino una pregunta muy importante. La que explica la justificación de su actuar, la que lo invita a narrar cómo fue que se inició en este arte. “Es grande para que les cuente, pero si quieren se les puede contar. Mis abuelitos curaban también. Con ellos aprendí lo de las hierbas. Pero el don que tengo, Dios me lo está dando. En aquel tiempo, cuando tenía como 16 años, hoy tengo 81, me agarró el paludismo, me dejó tumbado. Dicen que ese día como a las nueve de la mañana me morí. Vi a mi mamá y le dije: no me voy, me llevan, me apuran. Pasé, llegué a una casa, un palacio con las siete puertas. Llegué”.

“Abrieron la puerta, estaban escribiendo. Había un solar con mucha gente trabajando así como hacen los viveros. Ahí viene mi tío, estoy seguro que es mi tío. Pásale me dice, eres mi hijo y ya llegaste, pásale al huerto. Paso la siguiente puerta. Muchas señoras que están. La sexta puerta llegué y ahí está acostado el señor. Señor ¿para qué me quieres?, aquí estoy. Tres veces le grité. Dice: ¿eres tú? Tú no debes estar aquí, tú vete, tú tienes que irte porque vas a ser salvador de los demás, de los muertos, de los enfermos. Sólo yo sé cuándo te voy a llamar, te llamo después. Cuando salí por la puerta, desperté”.

“Nada me dolía ya no tenía calentura. Dicen que me morí como a las nueve de la mañana y desperté como a las tres de la tarde. Me había muerto, ya había gente, me van a velar. Pero no me duele nada, estoy fuerte y sano. Te habías muerto, te ves muerto. Me puse a pensar qué cosa fue lo que me pasó. Sabia rezar, le recé a Dios. Al otro día nada me dolía, estoy sano; se me apareció un señor cuando estaba en la milpa. Me dice: ¿Señor, estás trabajando? Sí. Le negué, porque estaba yo rezando. Y me dijo: ese camino que te dio Dios nuestro señor, síguelo; síguelo por ahí derechito, no te vayas para ningún lado. Ese camino que te dio el señor es camino.”

“Más me puso a pensar qué cosa pasó. Tenía 15 pesos y fui a ver a otro compañero para que me dijera qué son esas pesadillas. No te espantes, dice, el señor Dios te dio trabajo, fue el que pasó a verte y te dijo que siguieras el camino. Desde entonces estoy trabajando en esto, ya son 67 años. Ése es mi don, fue mi don y ahora estamos curando con hierbas, pero Dios me dio el don”.

La conversación terminó con la presentación de dos textos escritos por investigadores que habían ido con anterioridad. Nos dimos la mano. Con los sentidos alterados por el ambiente y las revelaciones, salimos. La luz del Sol nos cegó por un momento. Bajamos las escaleras, nos despedimos de las señoras; luego el silencio se apoderó del camino.

§

La entrevista al maestro curandero de Cuetzalan, aparte de otras cosas, nos dejó un sentimiento de curiosidad por experimentar una verdadera consulta con un curandero y vivir en carne propia esa experiencia que para la población de Cuetzalan, ha sido y es parte fundamental de su cosmovisión.

La investigación nos llevó a enterarnos de Carmen García, la curandera más famosa de esa región de la Sierra Norte. Con el propósito de contrastar la información teórica que habíamos recabado con la experiencia en sí, conseguimos una cita con la curandera y relatamos lo sucedido a manera de crónica.

De repente la camioneta se detuvo. Bajaron y en la nocturnidad alcanzaron a observar una milpa y un precario camino desolado. Jos se adentró en la maleza guiada por una lámpara de mano, se volvió a los estudiantes y con un ademán indicó que la siguieran. La niebla era cada vez más espesa, la lluvia no paraba y las hojas de maíz les golpeaban el cuerpo mientras cruzaban la huerta. Cuidado con las piedras del piso, anunció Jos. La travesía para llegar a la curandera se dificultaba por minuto.

Llegaron a las siete de la noche a San Miguel Tzinacapan, justo como habían acordado. Se dirigieron a casa de Horacio y su esposa Jos. Los tres estudiantes, impermeables puestos y botas en los pies, esperaron pacientemente a que Horacio se cubriera y Jos abriera su paraguas. La lluvia no había parado desde el amanecer y ellos tenían una cita con la curandera Carmen García en Ayotzinapan.

“¿Ven esas luces a lo lejos? Pues hasta allá vamos” dijo Horacio. En un monte próximo se alcanzaban a distinguir tres puntitos resplandecientes. Los estudiantes tragaron saliva y, emocionados y temerosos al mismo tiempo, emprendieron camino. Las piedras mojadas no facilitaban el paso, pero tenían que apurarse si querían llegar antes del anochecer. Los 40 minutos de trayecto que habían pronosticado ya parecían una ilusión.

Durante el camino hablaron de sus vidas, la de Horacio como bibliotecario de San Miguel Tzinacapan y la de Jos como ama de casa. De sus experiencias con Carmen García y de la fe que tenían en ella. “Curó al Juez de Paz” aseguró Horacio. Todo el pueblo la recomienda, dicen que es la mejor curandera porque ella sí tiene la marca en la mano, la señal con que se nace y que le permite curar.

Caminaron 10 minutos por las veredas de piedra de la Sierra Norte de Puebla, el Sol se ponía y la niebla comenzaba a apoderarse de la montaña y a nublar sus ojos. La lluvia seguía. Con los pies y pantalones empapados, los cinco caminantes se detuvieron al escuchar un motor de coche que se acercaba. Era una camioneta de pasajeros con ruta a Ayotzinapan.

Los estudiantes suspiraron descansados y subieron a la camioneta. En los rostros de Horacio y Jos también se notaba el alivio. La noche había llegado y lo único que se veía eran luciérnagas. Los próximos 15 minutos hablaron de la suerte que tenían de haber encontrado transporte.

De repente la camioneta se detuvo. Bajaron y observaron una milpa y un precario camino desolado. Jos se adentró en la maleza guiada por una lámpara de mano, se volvió a los estudiantes y con un ademán indicó que la siguieran. La niebla era cada vez más espesa, la lluvia no paraba y las hojas de maíz les golpeaban el cuerpo mientras cruzaban la huerta. Cuidado con las piedras del piso, anunció Jos. La travesía para llegar a la curandera se dificultaba a cada minuto.

Horacio acordó con el chofer que los esperaría una hora y alcanzó a los demás cuando ellos ya llegaban a la casa de Carmen. Entraron y se sentaron en una sala de espera. Los tres estudiantes observaron aquél cuarto minuciosamente, como si buscaran algún signo de magia. Pero no encontraron nada. Era una casa como cualquier otra de Cuetzalan, el piso de cemento, pocos muebles, un altar a la Virgen.

Jos los previno: “yo hablo primero con ella y le digo que son nuestros amigos. No vayan a decir nada de una entrevista, no se vaya a enojar”. El nerviosismo era palpable, los jóvenes estudiantes habían llegado con la “mera mera” de las curanderas de Cuetzalan del Progreso. De un cuarto contiguo salió una mujer de no más de 30 años, vestía un traje típico de la región y caminaba descalza. Se acercó a Jos y la saludó en náhuatl. Intercambiaron unas palabras mientras la mujer miraba a los estudiantes. Se acercó a ellos y se presentó “Soy Carmen García, pasen.” dijo suavemente mientras les estrechaba la mano.

Se dirigieron a la recámara, ella los invitó a sentarse sobre su cama y amablemente se dispuso a platicar con ellos. El nerviosismo había cesado, los estudiantes se presentaron y comenzaron las preguntas.

Durante 50 minutos escucharon atentamente a Carmen, su voz era casi un susurro con una tonalidad muy diferente al español capitalino, cantaba las palabras y era casi hipnótico. “Yo sólo hago cosas buenas, me encomiendo a Dios y ayudo a la gente” fue su primera frase. Explicó que algunas personas se dedicaban a hacerles mal a otras por envidia o celos. Y que ésas eran las cosas malas que hacían que la gente se enfermara de mal de ojo, de susto y de mal aire. “Eso es lo que yo curo, para una gripa vas al Centro de Salud”.

Les contó que muchas veces recurrían a ella cuando no tenían más esperanza de acuerdo con la medicina alópata. “Es que no tienes un cáncer, es mal aire” explicaba Carmen a sus pacientes “Y eso no lo curas con pastillas”. Se necesitan hierbas y alguien que sepa usarlas. En Cuetzalan se dan salvajemente todas las plantas que se necesitan para hacer las unciones y pomadas curativas, pero cada curandero tiene su propia fórmula y sabe cómo recetarla. “Eso lo aprendí de mi abuela, pero el don me lo dio Dios”.

Escépticos como típicos estudiantes citadinos, le preguntaron de su don, de cómo lo había adquirido. “Tenía 13 años y me estaba muriendo. Se me paralizó la pierna y ya no la pude mover, me estaba acostada todo el día y na’más me ayudaban para ir al baño. Pero un día el dolor fue tan insoportable que mi hermana se fue a buscar una planta que me curara, cuando regresó me la empecé a frotar así bien fuerte en mi pierna hasta que me saqué unos vidrios.” Inevitablemente los tres jóvenes se fijaron en su pantorrilla para corroborar la historia. Tenía la pierna llena de cicatrices.

Ese día sus papás habían salido, y para su sorpresa, cuando regresaron la niña Carmen estaba parada fuera de su letargo como si nada. “Mi papá no lo podía creer, entonces le enseñé cómo si me frotaba con la planta se me salían unos vidrios grandotes.” Así empezó todo, la gente supo de su milagro y comenzaron a visitarla para ver si los podía ayudar. Se fue haciendo de un nombre y de fama en todo Cuetzalan.

Les platicó de las experiencias más fuertes que había tenido. Como el día en que llegó una señora agonizando del hospital y le rogó que la curara. “Le saqué una varilla de metal así de larga del pecho” dijo mientras medía unos 20 cm con sus manos. Ellos la miraban atónitos mientras escuchaban cómo iba respondiendo cada una de sus preguntas, de cómo trabajaba desde la madrugada hasta las 10 de la noche, de las filas de gente enferma que se hacían en su patio, de las medicinas que vendía a 25 pesos.

El tiempo pasó volando y casi se les olvidaba a qué iban, quería que Carmen les hiciera una limpia. Cada uno de ellos compró una veladora de siete con 50 y le pidieron una limpia. “No les puedo hacer una limpia porque no tienen nada, ni mal aire, mal de ojo o susto. Los puedo bendecir para que no les pase nada”. Se conformaron. Uno por uno vivieron la misma experiencia: parados frente al altar a la Virgen, Carmen frotó la veladora por el cuerpo de cada uno mientras rezaba en náhuatl. Después les preguntó su nombre y lo anotó en la veladora que acomodó estratégicamente en el altar. “Eso es todo” dijo cuando hubo terminado el procedimiento para cada uno. Los jóvenes se despidieron, pagaron 30 pesos por bendición y salieron a la sala de estar.

Horacio y Jos seguían sentados ahí, tras lo que había parecido una eternidad. Se despidieron de Carmen y una más vez salieron a la lluvia. El recorrido de regreso hacia la camioneta fue mucho más corto y con menos sorpresas. Se subieron y arrancaron de vuelta hacia San Miguel Tzinacapan y después a Cuetzalan.

No lo dijeron, pero los estudiantes se sentían especiales. Tal vez por la amistad que habían entablado con Horacio y Jos, tal vez por la experiencia mística con Carmen, o tal vez, simplemente, por la lealtad de la incesante lluvia que los acompañaba.

§

La medicina tradicional en Cuetzalan es una práctica que sigue vigente, pero que varía de acuerdo con el contexto y la historia de cada practicante. Es por esto que las medicinas sólo las venden los fabricantes y como las recetas son únicas no las distribuyen más ampliamente. Además, aun cuando tienen en común que curan enfermedades propias de sus creencias que la medicina alópata no considera, es decir, el mal de ojo, de aire y el susto, las curaciones también dependen de cada curandero, y ellos del prestigio que tengan en la población.

La sociología de la religión nos permite dar luz a este comportamiento humano. Diversas teorías sociológicas y antropológicas han intentado explicar por qué el humano recurre a la religión para explicarse el mundo. Probablemente porque no somos sólo cuerpo sino también espíritu. Y es eso lo que choca con una mirada urbana, con una mirada escéptica.

Cuando alguien es formado bajo una perspectiva de comprobación científica, que rechaza cualquier explicación intangible, le resulta difícil aceptar y comprender que alguien pueda regir su vida bajo los preceptos que siguen los curanderos y las personas que los visitan. Más aún es difícil comprender que confíen a ellos su salud incluso en situaciones de vida o muerte.

Aunque se ha hablado mucho sobre la medicina tradicional, la religiosidad popular y los curanderos, lo especial de nuestra mirada es que somos dos mujeres, dos estudiantes con una misión social y que vemos el fenómeno desde una perspectiva comunicacional. Nos interesa conocer el hecho desde los ritos, los materiales, la cosmovisión pero sobre todo el discurso que se emplea, las palabras que representan su posición ante el mundo, los gestos y los actos con los que expresan su pertenencia a un grupo y la aceptación que otorgan a cierta práctica.

Todos estos elementos simbólicos y religiosos que sustentan la medicina tradicional pueden ser vistos como algo arcaico y atemporal, incluso incongruente con lo contemporáneo, propio del folclore de una población subdesarrollada, o como un arraigo a la tradición que perpetúa la cultura y mitifica los ritos. Nuestro trabajo se fundamenta en la segunda perspectiva.

Observamos que la figura del curandero divide a la población. Hay un grupo que lo acepta, lo frecuenta y le confía su salud y vida. Pero también esta otra parte de la población que no termina de creer lo que dicen que puede hacer.

El curandero representa el sincretismo religioso de nuestro país. Su doctrina es una mezcla de la cristiandad y la religiosidad prehispánica. Confluye en él el conocimiento del mundo físico y el mundo espiritual. Acepta la dualidad del hombre y es de esa forma que busca su sanación.

Los médicos tradicionales se especializan en diferentes cuestiones, existen las parteras que se ocupan de las mujeres y el recibimiento de bebés, están los hueseros que se ocupan de niños, jóvenes y adultos cuando tienen algún padecimiento óseo.

Pero quienes gozan de más visitas son los curanderos, pues atienden todo tipo de males, desde el mal aire hasta el Sida, según comentó el señor Jorge Cruz en la entrevista. Para sanar emplean los elementos de la naturaleza, se invoca a la fuerza superior que rige la vida de los individuos y se aboga por que la salud le sea restablecida por medio de la acción del espíritu protector.

El conocimiento que les hace confiar en su capacidad curativa ha sido transmitido vía oral desde tiempos remotos. Teóricamente se definen como las condiciones y los factores de continuidad en el tiempo (transmisión tradicional), de contacto generacional (proceso de socialización), de asimilación y de identificación (personal y/o colectiva). El caso de los dos curanderos visitados presentan particularidades pero ambos reconocen que lo que saben les fue enseñado por sus familiares, que un espíritu les confirió el don de sanación, y que ese don les ha asegurado un lugar en su comunidad.


Fuentes

BERGER, Peter. Para una teoría sociológica de la religión, Barcelona, Paidós, 1971

HOUTART, Francois. Sociología de la religión, Managua, Centro de Estudios sobre América, 1992

WEBER, Max. Sociología de la religión, Buenos Aires, Pleyade, 1978

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