Cuetzalan: 35 metros más cerca del cielo

Por Luis Lozano Cervantes

El vuelo de las nubes bajó a alturas insospechadas. Estaba entonces a la par del suelo: una capa de neblina cubría el entorno, obstruyendo la visibilidad. La vista se disminuía de pronto, apenas se lograban ver unos cuantos metros más allá. Inclusive los edificios se veían borrosos a no más de 10 metros de distancia.

Ahí, en medio de una selva enclavada en la montaña, a casi mil metros de altura, un enorme tronco enhiesto domina la plaza central. Dotado con escalones en tiempos recientes, el miedo hace presencia con tan solo mirarlo. Imposible captar su entereza en una instantánea. Tan imponente, tan dominante, tan resistente. No sólo el colosal madero: son éstas también cualidades que ha de tener un volador.


Voladores. (Foto: Luis Lozano)

Las almas de los guerreros descienden en forma de mariposa o de pájaro desde aquella cima tan lejana para fecundar la tierra. Las almas de cuatro guerreros que se han armado de valor para “volver a nacer”: 13 vueltas por cada uno. Un recorrido que equivale a 52 años, tiempo que duraba el ciclo indígena o xiuhpohualli, algo así como los siglos.

Un danzante más, el quinto, en la cima, tan imponente como el tronco, marca el ritmo del descenso de los voladores. Montado sobre una base de madera, normalmente hecha de los restos de troncos pasados, el caporal suena su flauta y entona con ella el son que acompaña el regreso de las almas a la tierra. Esta tradición es también una forma de rendir tributo al Dios Sol, quien se hallaba en discordia con el Dios Lluvia, cuya presencia resulta imponderable para la fertilidad de la tierra. Entonces la danza se hace para resarcir tal disensión y lograr la armonía con el resto de los Dioses: Agua, Viento, Tierra y Fuego.

Antes del descenso, se rinde tributo a la madre naturaleza. El tronco, uno de sus hijos, ha sido el elegido y a la vez el sacrificado para sanar la armonía entre los Dioses. A cambio, el ritual comienza con una ofrenda ante el tronco, para reparar el daño que se ha causado al ambiente: una canasta con fruta, llevada desde el sitio donde fue cortado al punto donde se halla en su papel como el guardián de los voladores.

Es ahí donde termina la vida y vuelve a comenzar. “Es un renacer”, confiesa Antonio Morales, caporal del grupo “Guerreros Águila”. Y agrega: “Cuando caes al suelo, vuelves a nacer”.


Antonio Morales, caporal. (Foto: Luis Lozano)

Otra batalla que gana Francia

El 5 de mayo de 1862, el ejército francés fue derrotado al norte de Puebla, por soldados oriundos de Zacapoaxtla, Xochiapulque y Teteles. En abril del año siguiente, el ejército galo regresó con una mejor estrategia, ingresó nuevamente por el Golfo, pero en esta ocasión llegó hasta la capital. Al tiempo, los invasores impusieron un gobernante traído a fuerza de mentiras desde Europa, quien gobernaría por un espacio de más de cuatro años. Aquella batalla contra Francia terminó perdida.

Jorge Baltazar Ramírez es volador desde los 10 años y lleva más de 40 realizando esta danza. Durante su carrera como danzante, ha sufrido accidentes, viajado al extranjero y ha visto sus proyectos rechazados por las instancias oficiales de cultura, como la Comisión Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Instituto Nacional de Bellas Artes o el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC).

Conocido como “Jorge el volador”, se siente orgulloso de sus hijas, quienes también practicaron la danza de los voladores. A pesar del rechazo que recibieron, pues la danza es considerada exclusiva de los hombres, Baltazar revela que “mis hijas empezaron a ir a la Cumbre de Tajín. Sobre eso también cayeron las críticas, porque la danza sólo podían hacerla los hombres. Pero si uno busca en las raíces, la danza la hacían las mujeres”.

“Jorge el volador” no sólo ha formado grupos con mujeres, también ha trabajado con los pequeños, incluso desde el jardín de niños. Esto fue lo que le abrió la puerta al mundo: “Fui el primer caporal en salir al extranjero. Hace 25 años vino un reportero a sacar un trabajo sobre las costumbres de México, enfocado en los niños voladores. Yo tenía un grupo de niños aquí, de kínder, él fue productor de canal 13 en México. Sacó su reportaje, se llamó Bajo el arco iris. Me dijo: «Algún día te voy a llevar fuera del país». Pasó el tiempo y regresó”, relata el caporal.

Su destino estaba del otro lado del Océano Atlántico: Francia, donde estableció contacto con los organizadores de la Feria de Orange, a la cual asistió con su grupo de voladores en 2005, en su quincuagésima edición. Jorge Baltazar reconoce que en el extranjero han tenido un buen recibimiento, además de un pago mucho más grande que en México. “Nos conocen, saben cuánto gana uno acá y le ofrecen el doble, o el triple”, apunta.

Y es que en Francia no sólo ha percibido mejores salarios, sino que además recibió la oferta de una editorial de ese país para publicar en francés e inglés un libro en el que Baltazar Ramírez ha documentado la historia de la danza de los voladores en Cuetzalan y en México. Sin embargo, tuvo que rechazarla pues “no me conviene. ¿Cómo me voy a allá y reclamo los derechos?”, comenta resignado, consciente de los riesgos y las dificultades que se presentan en México para la realización de un trabajo de este tipo. Esta batalla, Francia está muy cerca de ganarla.

“La cuestión económica influye en todo”

El presupuesto del ayuntamiento de Cuetzalan ha sido reducido a casi la mitad de su tamaño desde el inicio del actual periodo, en 2008, a la fecha. El primer año de gobierno, “la participación del Estado”, como la llama el regidor de Cultura, José Francisco Antonio Agustín Pita, fue de 55 millones de pesos. Para el 2009, según comenta el regidor, descendió a la mitad, debido a los planes de austeridad que se aplicaron con motivo de la crisis económica. En 2010, la suma otorgada al ayuntamiento de Cuetzalan fue semejante a la de 2009, monto que Pita aseguró no tener presente.

Con un presupuesto de esta magnitud, resulta complicado invertir, mucho más si se trata de la cultura. A pesar de ser el principal elemento turístico del municipio, la tradición de las danzas en Cuetzalan se encuentra totalmente abandonada por las autoridades edilicias.

“El segundo año (2009) no hubo presupuesto para cultura. Los pocos eventos (culturales) que hubo fueron porque en el museo hay una anforita donde se echa una moneda. Es en lo último que se piensa, en cultura”, denuncia Emma Gutiérrez, directora del archivo histórico de Cuetzalan, quien además ocupara el cargo de Pita en el periodo 2002-2005.

Para la ex regidora de Cultura, el hecho de ser Pueblo Mágico, más que una prerrogativa, resulta una carga no sólo para el ayuntamiento, también para la población. “Nunca hay presupuesto para cultura. El programa de Pueblos Mágicos sólo contempla imagen urbana, que no se ha concluido del todo y ya hay gente en el pueblo que dice «ya lo habrían de quitar, porque por culpa de eso no me dejan poner un puesto de tacos en la banqueta». A Papantla y a Tepozotlan, Morelos les quitaron el galardón por ello. Y eso, en lugar de beneficiarnos nos perjudica”, afirma.

Ante esta situación, todas las actividades se ven afectadas, entre ellas, la danza de los voladores. Gregorio Antonio Morales, caporal del grupo “Guerreros Águila” que se presenta cada fin de semana en la plaza principal de Cuetzalan, reconoce que los apoyos de las autoridades municipales son ínfimos, incluso con quienes más los necesitan. “Todos los danzantes que hay, ahorita no vinieron a participar porque dijeron «queremos apoyo», y yo lo entiendo por ellos, porque vienen de comunidad, ellos necesitan para su pasaje, ver dónde van a comer, dónde van a dormir”, señala Morales, molesto por la escasez de recursos con que se apoya a los danzantes.

Según datos proporcionados por el regidor Pita, el monto máximo para concederse a los danzantes sin una factura de por medio es de 5 mil pesos, que se suele utilizar para comidas de los grupos. “Si pido 2 mil pesos para darle de comer a mi danza o para comprar mis telas, ahí dan una nota de mostrador pero eso no nos sirve. Para los apoyos de comidas para la danza, no exceden 5 mil pesos, pero van con identificación y con carta. Eso lo determina el ayuntamiento. Para las tradiciones no nos dan apoyo”, apunta José Pita.


Regidor Francisco Pita. (Foto: Luis Lozano)


Sin embargo, sí es posible brindar apoyos para la cultura, si ello puede generar alguna retribución para el ayuntamiento: “Si a mí me piden un bote de pintura para pintar una Iglesia, sí lo puedo comprobar, porque pido la factura ahí donde compré la pintura, pero tengo que meterla como que fue a una escuela. Si fuera para la Iglesia, el órgano no me lo aprueba”, sentencia Pita, con la confianza de quien se sabe 35 metros más cerca del cielo.

En tanto, los danzantes sólo viven para volar.

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