Cuetzamágico

Por Victoria Rodríguez Soto

Quizá fueron sus calles empedradas que llevaban por caminos inesperados y todas desembocaban en el centro; o su gente amable, simpática y paciente; o la bebida característica de aquella oculta región, el Yolixpa, bebida de los dioses; o aquellas mujeres cuyas manos artesanas trabajan hasta cansarse; la clínica tradicional del lugar o los riquísimos tlayoyos, o la Iglesia de Los Jarritos…

¿Qué es lo que hace mágico a este tranquilo y pequeño pueblo? Todo, todo lo que conforma Cuetzalan lo hace mágico e inolvidable.

Fue el día 8 de abril del año 2010 cuando aquel pueblo mágico se presentó ante mis ojos, cuando sus calles empinadas y empedradas, cubiertas por la lluvia y envueltas en una espesa neblina me hicieron sentir en una película de terror, de aquellas estadounidenses en las que un grupo de jóvenes llega a un pueblo fantasma… pero Cuetzalan no es un pueblo fantasma, no tiene ese matiz macabro; por el contrario, posee una belleza mágica, inigualable.

Escondido entre los caminos peligrosos que llevan a la Sierra de Puebla, se halla Cuetzalan, del nahuátl “Quetzalli” que significa “lugar donde abundan los quetzales”, ubicado a 174 km Al noroeste de la ciudad de Puebla y a 85 km al este de Zacatlán de las Manzanas, accediendo por la carretera 129, es uno de los pueblos mágicos más representativos, un pueblo que si bien es pequeño, es total y completamente envolvente por sus tradiciones y su gente.

Sólo había un plazo de cuatro días para conocer el lugar; para visitar el mercado de artesanías, el museo Calmahuistic, la casa de Cultura, el hospital tradicional, la parroquia de San Francisco, el Palacio Municipal, para detenerse en cada puesto y observar las artesanías que se vendían, para entrar en los restaurantes que se alzaban tímidos en las calles invitando a la gente a saciar su hambre… Sólo cuatro días para enamorarse de Cuetzalan.

Ubicada en el centro de Cuetzalan, a un lado del Palacio Municipal, se halla la parroquia de San Francisco, de estilo colonial y con un aire de antigüedad majestuoso, frente a ella, se alza el enorme tubo negro que permite que los voladores de la región realicen sus presentaciones tradicionales.

Ya dentro, en sus bancas de madera, ordenadas como en todas las iglesias, o al menos en la mayoría de ellas, se pueden observar a algunas personas sentadas y otras más, hincadas, todas en silencio, unos rezaban y otros sólo fijaban la vista al altar quizá esperando que el padre apareciera para dar la misa; pero la belleza de la Iglesia se hallaba en las paredes, representada por los cuadros grandes que colgaban de éstas, cuadros que contenían la representación de la vida de Cristo.

¿Qué es lo más atrayente de Cuetzalan? No podría definirlo e incluso podría hablar de muchos temas a la vez, de todo lo que probé y conocí, de la gente que me prestó su ayuda, de los tlayoyos tan ricos; del café, bebida de la región, del pequeño bar “El Calate”, en el cual se puede convivir amenamente escuchando la música desde una rocola y probando desde cervezas hasta el yolixpa bien servido, pasando por licores de distintos sabores; o bien podría hablarse del museo Calmahuistic, en el cual se exhiben objetos típicos regionales, trajes de uso cotidiano, fotos, documentos, artesanías y telares y piezas arqueológicas del sitio de Yohualichan. Ir a Cuetzalan y no visitar el mercado de artesanías es como no ir a Cuetzalan, definitivamente. Unos cuantos metros retirado del museo, se ubican las paredes rojas con blanco, y unas rejas negras abiertas que dan la bienvenida. En su interior se albergan los distintos locales en los cuales se puede encontrar la venta de telares y de Yolixpa.

El Yolixpa, conocido también como “el todopoderoso” es una bebida que se utiliza con fines curativos y, ¿por qué no?, para alguna reunión y pasar un buen rato con los amigos o familia. Esta bebida consiste en la mezcla de mezcal con 23 hierbas (unas más otras menos, dependiendo de la persona que lo elabore) que alivia los cólicos, la migraña, el dolor de estómago, entre otras cosas; también la bebida está hecha con diferentes sabores, hay de café, vainilla, capulín, limón y muchos más.

Es sabido por los habitantes de la región que dicha bebida se utiliza en la clínica tradicional de Cuetzalan, ubicada en el hospital, el cual curiosamente se halla dividido en dos secciones: el área tradicional, y el área de medicina moderna. Una muestra más de que Cuetzalan es un lugar acomodado entre el pasado y el futuro, entre lo antiguo y lo moderno; un lugar reconocido por la búsqueda del mantenimiento y cuidado de sus raíces indígenas, y sin embargo, un lugar que al ser turístico busca también acomodarse a las exigencias de la modernidad.

Entre aquellos pasillos cortos y pintados de blanco que se encontraban dentro de la clínica, se escuchaban las voces de los que trabajaban ahí, quienes no vestían ropas de enfermeros o de doctores, no llevaban estetoscopios colgados del cuello, ni parecían médicos de ciudad; eran personas de edad avanzada, con vestimentas indígenas, hablando en nahuatl, con un semblante amable y dispuestos a atender a la brevedad posible.

Un baño de temazcal, preparado en 30 minutos y por el precio de 50 pesos, por una mujer de aproximadamente 50 años que atiende esa área, también indígena, de origen náhuatl que vive en una casita en los alrededores de Cuetzalan con su hijo y sus nietos; una mujer que desde hace 30 años se levanta a las 5 de la mañana para llegar a su trabajo a las 6, que se ocupa de ir a comprar la leña para el baño de temazcal, para dar un buen servicio al cliente.

O tal vez, mientras dura la estancia en aquel poblado mágico, se prefiera visitar el mercado de artesanías, buscar algún recuerdito que llevar a la familia, a los amigos, a la pareja. Interesarse un poco más por saber quiénes son las personas que mantienen el turismo en la región. Buscar entre los locales la mirada de aquellas señoras que sentadas trabajan con los telares y están rodeadas de hermosas y únicas prendas hechas por ellas mismas, salidas de su creatividad, tejidas con sus manos y bajo horas de trabajo.

“Nunca he dado cursos de tejido porque mi abuela le enseñó a mi mamá y ella me enseñó a mí, y yo le enseñé a mis hijas y a mis nietas también, este trabajo es cosa de mi familia, de esto hemos vivido siempre”, dijo Francisca Rivera Pérez, indígena dedicada a los telares, mientras tomaba entre sus manos una prenda de seda, un modelo creativo e inigualable como todos los demás que estaban expuestos en el local para ser vendidos, modelos que tienen costuras que pueden ser tejidas en un tiempo de tres a siete días, incluso algunas le llevaban meses. Su trabajo, definido por ella como invaluable debido a la mano de obra, iba de 70 pesos las bolsas tejidas, de 300 pesos los telares de cintura hasta 1400 por las blusas encajadas.

¿Quiénes son aquéllas, cuyos trabajos arduos y valiosos, se mantienen siempre a pie de guerra, en busca de perpetuar y conservar sus tradiciones? ¿Quiénes son aquellas que buscan el bienestar de su familia a través de sus manos artesanas? ¿Quiénes son las que se esfuerzan y su esfuerzo es notado, por dejar de ser la sombra del hombre? ¿Qué caras son las que representan Cuetzalan? Son las mujeres. Las mujeres indígenas las que representan Cuetzalan. Y en honor a ellas está la Feria Nacional del Huipil, la cual inicia con la invitación del presidente municipal para que nombre a una joven indígena para representar a su comunidad y así pueda todo el municipio participar. Las condiciones para que la joven pueda ser inscrita es que hable náhuatl, que sea autóctona y que luzca el traje auténtico de los indígenas de Cuetzalan.

Cuetzalan, pueblo mágico dividido en el aspecto industrial, turístico, moderno y el aspecto tradicional, indígena; pueblo que lucha aún por conservar sus tradiciones y esa misma lucha que lo caracteriza hace de él un lugar llamativo y frecuentado por turistas que buscan conocer un poco más de dichas tradiciones, que van a conocer la iglesia de los Jarritos, a ver las danzas de la región, a probar el café y el Yolixpa. Lugar en donde las mujeres mantienen un rol importante en las tradiciones de la región, ya que son las que se dedican a las artesanías y a la cocina.

Cuetzalan es conocido como un pueblo de tradiciones, ¿pero será realmente tradicional o es un anzuelo que buscan ya los industriales que han llegado a la zona para llamar la atracción turística? ¿Sabrán los mismos indígenas que sus tradiciones al mismo tiempo pueden ser utilizadas como un elemento económico, turístico? ¿Sabrán las mujeres de la importancia que desempeñan sus manos mágicas en la actividad turística de la región?

Si saben o no, no se puede omitir la amabilidad en cada una de las personas que se conocieron ahí, su actitud abierta y bondadosa de la mayoría de ellos; tampoco dejar de lado la historia de Cuetzalan, lugar mencionado desde los tiempos prehispánicos y su paso por la época colonial, ni sus calles empedradas y el Yolixpa, que sin duda alguna deja un buen sabor de boca que crea el pensamiento y el sentimiento de querer regresar una vez más a la región.

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