La Microcomunicación

Por Tonatiuh Cabrera Franco

Espacio público y entramado social (Etnografía de la plaza publica: relaciones sociales y comunicativas de una comunidad Nahual-totonaca)

Tema: comunicación intersubjetiva y espacio público

Etnografía de la plaza pública

Ésta etnografía está hecha con base en la visita del 8 al 11 de abril de 2010 y visitas previas.

El espacio y lo público

En este trabajo nos situamos en Cuetzalan del Progreso, Puebla, uno de los 217 municipios del estado, Cuetzalan se encuentra en la región de la sierra norte del estado (El estado de Puebla se encuentra dividido oficialmente en siete regiones: Angelópolis, Sierra Norte, Sierra Nororiental, Serdán, Tehuacán-Sierra Negra; Valle de Atlixco-Matamoros y la Mixteca. Cuetzalan pertenece a la Sierra Norte, a pesar de colindar con el estado de Veracruz), el índice de marginalidad y pobreza de la zona es alto y las comunidades que lo conforman son de arraigadas costumbres.

El espacio público es una esfera de libre acceso y libre tránsito, el entramado social es lo que se desarrolla dentro del espacio público (las relaciones sociales y comunicacionales que se dan), las relaciones sociales están determinadas por una relación entre “nosotros”, de los que se reconocen como iguales. Sin embargo el turismo que marca a la comunidad por ser uno de los denominados “pueblos mágicos” hace que la etnicidad sea más marcada, al reconocerse como propios y extraños, la relación comunicacional es determinante en una comunidad, que al ser de pequeñas proporciones potencializa la mutua voluntad de entenderse, por lo que se da una comunicación política y democrática en términos más amplios.

La plaza pública del pueblo es tan diversa como pintoresca. En el restaurante del portal se escucha a los extranjeros hablando en inglés o francés, frente a ellos un hombre mayor de calzón de manta, sombrero y machete a la cintura va caminando rápidamente, tras de él su esposa con la cabeza baja y cargando a espaldas un bulto. Los turistas nacionales curiosean en los puestos de garnachas y los propios platican en náhuatle. Para aderezar la escena, todo converge, el multiculturalismo se nos presenta.

Los niños se acercan y con una hoja enmicada en la mano llegan corriendo y dicen, “te llevo a las grutas, a las cascadas”. Otros más preguntan “¿ya conocen las ruinas?”. Son estudiantes, pero en vacaciones también sirven al turismo, según el cual se ha reconfigurado el pueblo.

En el banco de la calle Miguel Alvarado el tránsito de dinero y gente es indiferente, igual entra un extranjero que un nacional, un cacique del pueblo que una mujer de huipil y un hombre de manta y huaraches, cual capital que termina por converger allí. Con las personas ocurre igual, no se distingue entre indios y extranjeros, o entre pesos y dólares, todo el dinero es bienvenido.

Agustín es del DF, tiene cuatro años viviendo aquí. Dice que “aquí la banda es bien buena onda”. Tiene un puesto frente al palacio municipal, los puestos de estructura que están en el Zócalo sólo son con permiso, no se puede llegar y ponerse y ya. Agustín vende collares, pulseras, aretes y artesanías hechas por él con materiales de la región; cuando son vacaciones todos los días se pone en el mismo lugar; cuando no, sólo el jueves y domingo, que son los días de mercado, la misma situación es con el resto de los puestos de estructura.

Francisca, por otro lado, viene de Ayotzinapan, una comunidad cercana al pueblo, pertenece al mismo municipio de Cuetzalan. Hace una hora para llegar en colectivo, viaja en una camioneta de redilas que sirve a manera de transporte público, vende bolsas de armadillo, guajes que simulan cantimploras, collares de café, colorines y como tributo también tiene collares de lágrimas de San Pedro. Un día está sobre una parte alta en Miguel Alvarado, al día siguiente no alcanza allí y tiene que estar más abajo, pero el domingo de mercado madrugó, extendió su tela de aproximadamente un metro de largo y colocó sus producto en la mera plaza.

A fin de cuentas la plaza se ha resignificado para la población: los jóvenes ya no usan huipil y manta, los niños ofrecen tours, los adultos bajan a vender igual productos de su huerta que artesanía al turista. Sin embargo, nunca dejará de servir la plaza a los intereses de los propios, a sus fines, lo público es donde todos se pueden poner a vender, comprar, intercambiar o platicar. Entre inglés, francés, español y náhuatl, la plaza se resignifica de manera multicultural.

El día de mercado

Son las 11 de la noche del sábado. En el centro ya hay puesto montados de frutas y verduras, las estructuras están armadas, las lonas colocadas y la fruta acomodada. Los vendedores llegan desde una noche antes para no tener problemas de lugar al otro día. Desde muy temprano estarán listos, el resto de los vendedores tendrán que madrugar.

Hoy es domingo de plaza, la gente llega desde muy temprano: bajan de Xocoyolo, Tzinacapan, Yohualichan, Xiloxochico, Yancuitlalpan, Reyesogpan, Zacatipan y Tzicuilan. Todos llegan al pueblo, a la plaza; unos caminando, cargando en su espalda sus productos, no es mucho lo que traen, solo lo que les da su huerta familiar; otros ocupan el transporte público (Son camionetas de redilas para los pueblos más marginados, combis para las comunidades medias y camiones para las poblaciones mayores), suben dos o tres bultos y los dejan a orilla de carretera, de ahí caminan al centro y los comerciantes más consolidados cargan sus camionetas y las estacionan a la orilla del pueblo o lo más cerca posible a la plaza. Son caciques, llevan gente que les ayuda a cargar y descargar, así como sus estructuras de metal para montar su puesto.

El día de mercado, el espacio público es apropiado por los comerciantes y gente del lugar, las calles se cierran y todo es peatonal, es imposible llegar al centro en auto. La plaza se divide según los productos, en la primera parte, al extremo derecho, está lleno de puestos de flores que llegan de la central de abastos en Puebla, sólo los alcatraces son de la región, con lonas de colores detenidas por palos irregulares, venden nube, gladiola, alcatraces, estates, orquídeas, etcétera. Los propios y turistas comparan precios y condiciones de las flores. Entre la misma gente del lugar se hablan en náhuatle, se regatean, discuten y llegan a un acuerdo; con los turistas la relación es más simple, se hablan lo menos posible; no es que no sepan hablar español, el asunto recae en cuestiones sociales y étnicas, no reconocen al otro como igual por lo que se limitan al hablar. Sin embargo también hay espacio para el regateo principalmente con el turista nacional.

En una segunda parte, es la zona donde se localizan las artesanías, se nota la diferencia, la gente que vende es más extrovertida, los puestos son de estructura metálica y más formales, los turistas se dejan ver curioseando. Allí venden servilleteros, pulseras, collares de grano de café, bellotas que giran, reproducciones de las pirámides de Yohualichan, blusas de la región, bordados, reproducciones de códices, playeras con la leyenda de “Cuetzalan, México”, tenates, e incluso yolixpan. El Yolixpan es una bebida alcohólica tradicional de la zona, dicen que es de 28 frutas y yerbas de la región, su sabor es dulce y su grado de alcohol alto.

Además de los puestos establecidos en la plaza, hay “hippies” vendiendo en el suelo; mujeres que visten la tradicional ropa del lugar van descalzas y vienen de las juntas auxiliares, se acercan y ofrecen servilletas bordadas, pulseras, café molido, canela y vainilla; un gran grupo de niños que llegan y se van corriendo ofrecen un gran manojo de pulseras de hilo tejidas.

La tercera parte, la parte debajo de las artesanías, está dedicada a la venta de calzado. En esta parte se deja ver casi exclusivamente gente propia del lugar. Los zapatos se exhiben sobre sus cajas, se venden zapatos, chanclas y tenis, y es donde los jóvenes se hacen presentes a curiosear.

El extremo izquierdo de esta primera zona es una miscelánea. Se venden igual artesanías que flores. Las mujeres que traen un montoncito de aguacates, maracuyá y plátanos de su huerta familiar se sientan en el piso y exponen sus productos; un puesto de esquimos se coloca solo con una mesita y tres copas frente a un café bien establecido; los elotes y esquites están entre una “hippie” que está vendiendo y armando sus collares y una señora que lleva un gran manojo de alcatraces a vender; un carrito de tacos al pastor lleva un modesto trompo, los ofrece a dos pesos. Más abajo se colocan tres carnicerías en puestos de estructura metálica luciendo cabezas de cochino y patas colgando del tubo superior; de la misma forma, dos pollerías exhiben animales muertos colgando de cabeza. El flujo de personas es aún mayor en esta parte. Entre la bulla, los olores de las garnachas con mayonesa que ofrecen a tres por cinco pesos y los niños que llevan cinco minutos tratando de vender una pulsera de un peso, es como la gente se apropia del espacio público, el lugar de tránsito de personas, propios y extranjeros; tránsito de información, con murmullos de lo que pasó en la semana en el pueblo; y tránsito de mercancías de la huerta y el pequeño negocio familiar, de productos culturalmente situados.

En el pequeño zócalo se ve en el quiosco a un pareja de jóvenes con un esquimo en una bolsa. Por los corredores los turistas señalan la torre del reloj y la fachada de la Iglesia; las mujeres vestidas con huipil (Es la vestimenta típica del lugar, la palabra viene del náhuatl, es la blusa de la mujer que está decorada con motivos típicos y coloridos, son tejidas y en esta zona de la sierra norte de Puebla y más específicamente en Cuetzalan el huipil de gala es con chaquiras), y los niños, se acercan a los turistas y les enseñan y ofrecen todos los productos que llevan. El tiempo pasa, ya son casi las 12 del día y desde lo alto se comienza a oír música de flautas y tambores.

Ya por esa hora, un grupo de varones están a un costado de la Iglesia de San Francisco, el santo patrón del pueblo; llevan pantalón rojo como de terciopelo, camisa blanca y adornos en las muñecas, la parte baja de las piernas y sobre el pecho cruzándolos desde la cintura; se terminan de adornar con un gran penacho con plumas y se acercan en grupo al gran mástil que está en el medio del atrio de la iglesia. Comienzan a subir por lo que asemeja una escalera, que son tablones clavados al palo, hasta llegar a la cúspide del mismo, donde un cuadro giratorio con lazos los espera.

Son cinco las personas que están arriba, uno en cada extremo del cuadro y el quinto sobre el palo. Éste comienza a tocar un flautín de madera, otro de ellos tiene un tambor de madera y cuero con el cual acompaña el flautín. Los turistas y los propios comienzan a congregarse alrededor del atrio, los vendedores a pie aprovechan para ofrecer sus productos a la gran concurrencia agrupada. Después de un buen rato de espera, los intrépidos hombres se avientan al vacío, la música sigue sonando, el anonadado público no puede dejar de observar y los hombres van descendiendo en círculo, de cabeza y solamente agarrados por sus pies como si en verdad estuvieran volando, como si fueran unos quetzales. Ya en el suelo los hombres se quitan sus majestuosos penachos y se acercan al aún asombrado público, piden cooperación: no hay mucho que decir, se ponen en común, todos cooperan.

Las condiciones actuales han hecho que el mercado junto con el pueblo cambien a razón del turismo. Sobre la calle Miguel Alvarado Ávila (Es uno de los personajes ilustres de Cuetzalan, fue poeta, compositor, director y músico y dirigió la sinfónica de Roma) continúa el mercado. Esta calle es la inmediata al terminar el zócalo; sobre ella se encuentra la casa de la cultura. El mercado se extiende sobre unos 500 metros. En esta parte la gente que se concentra es en su mayoría propia del lugar; allí se venden ollas de peltre, huaraches de suela de llanta, ropa, semillas, chiles secos, herramientas, antojitos y todo tipo de productos útiles. Ahí también se encuentra todo tipo de relaciones comerciales y sociales: las comadres que se encuentran y platican, las marchantes conocidas de toda la vida y las familias que van juntas a comprar, vender o incluso a practicar el trueque.

La plaza pública se convierten entonces y en su conjunto en un espacio de convergencia social y cultural: el día de mercado la apertura de éste lo vuelve un espacio común para propios y extraños al lugar. Los indígenas que bajan a comprar y vender conviven y transitan como iguales con los turistas nacionales y extranjeros que recorren el lugar, las prácticas modernas de los extraños lo transforman; sin embargo, continúa habiendo una resistencia étnica por parte de los propios. La plaza pública es una estructura cultural y simbólica de gran peso social, las relaciones sociales y comunicacionales se dan sin distingo de estatus. El domingo, todos bajan al pueblo a lo mismo: comprar, vender, intercambiar, relacionarse con sus iguales y platicar con sus conocidos, ejercer el poder y la democracia de una manera desinstitucionalizada.

Así transcurre la plaza pública y un domingo de mercado en Cuetzalan. La relación comercial es trastocada por lo social y la relación comunicacional por la etnicidad; el espacio público es verdaderamente abierto, las mercancías y la información transitan libremente, y propios y extraños transitan como iguales.

Conclusiones

El espacio público de Cuetzalan es un lugar de libre acceso, de libre tránsito de información, mercancías y personas, y es el domingo de mercado el día en que más se refleja esto. Las relaciones sociales y comunicacionales es entre iguales, tiene la mutua voluntad de entenderse y ponerse en común, la etnicidad se ve reflejada ante la resistencia de adoptar nuevas costumbres de los que reconocen como extraños y de los extraños que los reconocen como propios. Este espacio apropiado es también el potencializador de la toma de decisiones de una comunidad que aún funciona comunalmente, con cooperativas, asambleas populares y juicios públicos al mal gobierno.

Bibliografía

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Fuentes electrónicas

www.cuetzalan.com.mx/

www.visitmexico.com/wb/Visitmexico/Visi_cuetzalan

www.inegi.org.mx/inegi/default.aspx

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