El trabajo artesanal a base de textiles

Sandra Arellano Sandoval

Parte de la indumentaria indígena de Cuetzalan Puebla, se realiza bajo el trabajo artesanal a base de textiles, mejor conocido como, el telar de cintura, un arte prehispánico que se ha trasmitido de generación en generación.

Cuetzalan, ubicado en la sierra norte de Puebla a 174 kilómetros del mismo, es llamado: Pueblo mágico, desde hace poco más de siete años. Cuetzalan alberga a cientos de indígenas, que en su mayoría son mujeres, las cuales trabajan y sacan a delante su familia, su hogar. La mayoría de la ropa que viste la mujer originaria de este pueblo, está hecha bajo el telar de cintura. De ahí su importancia económica, social y cultural.

Una mujer trabajadora de este arte es Herminia quién realiza una bufanda, sentada en una silla y tras sostener el telar en su cintura-comenta- que este arte no es fácil al principio, pero a ella siempre le gustó, su abuela fue quien le enseño a tejer, lo aprendió desde los siete años. Su primera prenda fue un huipil, luego este arte le gustó más y más, hasta que un día su madre, perteneciente de una comunidad indígena de artesanos, le comentó que trabajara en el telar para que pudiera vender su ropa. Así el arte prehispánico dejo se ser utilizado sólo como prenda de vestir, ahora se convertía en una manera de sustento económico, una ayuda más.

Hace tres años Herminia trabajaba en el mercado de Matachiuj, es también la representante de los trabajadores del mismo y ella, se dice muy afortunada, ya que ha podido viajar al centro de Puebla y demás estados.

En palabras de Herminia y luego de una sonrisa tímida, comenta, que este arte se está perdiendo, las nuevas generaciones ya no quieren aprender las costumbres indígenas, ahora se están volviendo modernos y quieren olvidar sus tradiciones. Pese a que Herminia es una persona muy joven, de 22 años, ha trascendido en su comunidad y ella misma se ha superado, habla náhuatl y español, ha demostrado su arte del telar en forma de bufandas, huipiles, rebozos y demás artes.

El trabajo del telar no es muy bien remunerado, quienes lo realizan cobran el tiempo invertido, el esfuerzo y el desgaste, y muchas veces es sobrevalorado.

Como Herminia existe otra mujer trabajadora de este arte. Petra, al igual que Herminia aprendió a tejer con la ayuda de su mamá, también quería hacer un huipil, recuerda evocando recuerdos y sonriendo. Una mujer muy tímida, de ojos soñadores y a la vez cansados, con sonrisa llena de miedo, así lo expresaba, petra comenta que es madre de un niño, su esposo y ella trabajan para la sustentación del hogar.

Se tarda siete días en hacer una bufanda, pero ello también depende de cuantos hilos meta en ésta, el trabajo pesado y poca gente lo compra, se les hace caro, comenta, pero ella tomando fuerte los hilos, los alza y mirando hacia el horizonte dice me gusta, tejer es un arte que no debería perderse, ya que también opina: las nuevas generaciones no lo quieren aprender.

Estas dos mujeres, ambas de comunidades indígenas, cerca de Cuetzalan, denotan la esencia de la mujer indígena, que sigue las tradiciones, pero ahora esas tradiciones, que una vez le sirvieron para poder vestirse se han convertido hoy, en un sustento económico.

El telar de cintura es en Cuetzalan, uno de los artes más privilegiados; la gente que no lo conoce lo admira, todo ello claro está a la publicidad, si se le puede decir que se le hace a este arte, es un Pueblo Mágico, lleno de turistas e invadido por el ámbito económico, una buena manera de resaltar las tradiciones indígenas es vender el trabajo aprendido durante décadas, pero desafortunadamente el trabajo no es remunerado como se debe.

La gente no paga lo que vale la prenda, así, lo cometa un viejo de una comunidad indígena, el cual sale a vender las telas que su mujer e hijas realizan en casa, él sabe que el trabajo es pesado, pero cuando lo vende le tiene que bajar el precio, si no ni se vende. Nos dice.

Un anciano, que es trabajador del campo y vendedor, que sabe lo que es salir a trabajar y no poder contar con un buen salario; comenta que el telar debiera seguirse practicando. Sólo se practica en las comunidades, aquí en Cuetzalan ya no. Lastima, bajo una mirada llena de tristeza lo dice y a la vez sonríe, tal vez sólo para aliviar ese pequeño dolor.

Estos retratos, tres personas, son sólo una parte del reflejo de cientos de mujeres que tienen que verse trabajando en sus casas por horas, para realizar una bufanda, una blusa, un huipil, etcétera. Retratos que denotan en algunos casos alegría, otros resignación y en unos mas tristeza, una tristeza de qué no se le reconozca el valor que tiene esta tradición.

El trabajo del telar no es muy bien remunerado, quienes lo realizan cobran el tiempo invertido, el esfuerzo y el desgaste, y muchas veces es sobrevalorado su trabajo, así como estas pequeñas historias existen más, muchas voces calladas, que en sus telas dicen estamos aquí, las indígenas sabemos tejer, vestir y saber vestir, esto es arte y el telar no debe dejarse de enseñar.

El telar así como quienes lo trabajan piden reconocimiento, valoración del mismo y sobre todo, que este arte prehispánico, que ha sido transmitido de generación en generación no muera ni se acabe. Esto es Cuetzalan, un pueblo lleno de tradición, de cultura y de encanto.

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